Cuando
la música norteamericana nacida en Louisiana llegó
a Buenos Aires, muchos músicos de talla aprovecharon
el tirón comercial del jazz y se pasaron con sus
instrumentos al filón que representaba el swing
de esta modalidad inventada por los negros del
norte. Y desertaron de las filas del tango algunos
que habían dejado sus señas de identidad en la
música porteña y creado páginas perdurables. Incluso
hubo familias que dividieron a sus integrantes
entre uno y otro ritmo, como los Lomuto, los Caló,
los Schiffrin, los Lipesker. O los hermanos Horacio
Deval (Adolfo Tudisco) y su hermano Alberto Deval
que comenzó cantando con la típica de Roberto
Dimas y luego se pasaría a la Jazz Santa Anita
(ritmo en el alma). Más tarde llegarían los ritmos
tropicales de Centroamérica y muchas orquestas
típicas incorporaron a su repertorio los foxtrots,
pasodobles, corridos, porros, “marchinhas” y demás
expresiones musicales populares, siendo algunas
muy prolíficas en este sentido, como Francisco
Canaro o Enrique Rodríguez. Los reclamos del público
terminaron por crear el binomio Típica-Jazz para
amenizar las veladas bailables multitudinarias
que se producían los fines de semana o en los
festejos carnestolendos que se prolongaron por
muchos años.
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Entre
los tantos tangueros que cambiaron de bando
podría citar al pianista Héctor Lagna Fietta
que había pasado por las orquestas de Juan
Maglio Pacho, Alfredo de Franco, Ernesto
Ponzio, José Servidio, Manuel Pizarro, Elvino
Vardaro, Alberto Cima y en 1928 compartió
un quinteto con el “catorceañero” Aníbal
Troilo en el cine Medrano Palace. O Raúl
Fortunato que del violín en la orquesta
de Ciriaco Ortiz pasaría a trombón y co-director
de los Hawaian Serenaders junto a Osvaldo
Novarro. Éste que se llamaba Héctor Villanueva
y era el que cantaba boleros, sambas o rumbas,
había tocado el bandoneón y cantado en la
orquesta de Roberto Firpo, nada menos. Jimmy
Logan interpretaba temas en inglés dentro
de los Hawaian que vestían con atuendo tropical.
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La orquesta
Panamericana de Eugenio Nóbile brilló en el laberinto
de la noche porteña, en boites, radios, escenarios
y bailes. Tocaba música romántica, melódica y
también canciones pegadizas caribeñas que invitaban
a mover el cuerpo. Las maracas y el bongó habían
sacado carta de ciudadanía y el conjunto de este
notable violinista sumó adeptos a toda velocidad.
Había estudiado con maestros de calibre grueso
y de niño intervenido en orquestas que hacían
zarzuelas y operetas, pero el tango lo atrapó
tempranamente por influencias familiares y se
alineó en la orquesta de Augusto P. Berto, el
autor de La Payanca y en la del legendario Juan
Maglio Pacho. Con el pianista Juan Polito formó
una orquesta que grabó en Brunswicck y luego se
largó solo con su conjunto en los cines Guaraní
y Paramount. Tuvo en su elenco a músicos de la
talla de José Pascual el autor de Arrabal, tango
con el que toda su carrera comenzaba Osvaldo Pugliese
las actuaciones. También pasaron por el mismo,
fueyes pichones como Eduardo Del Piano o Héctor
Varela y hasta el mismo “Mono” Villegas, pianista
que luego trasladaría su talento al jazz. Nóbile
tocó con Maffia reemplazando a Elvino Vardaro
y con Juan Carlos Cobián. Firmó un hermoso tango-romanza:
Quimeras que grabó Julio De Caro y era su orgullo
y otros como Rico tipo, Se fini, El Lido y Cholita
que le grabaría Roberto Firpo. En 1939 se alejó
del tango y formó su renombrada orquesta Panamericana.
En una
lista reducida podríamos incluir a Los muchachos
de antes, el grupo que armó el glosista “Lopecito”
con los músicos de jazz: Panchito Cao en clarinete,
el “Nene” Aldo Nicolini al bajo y Horacio Malvicino
en guitarra acústica. Fue a fines de 1959 y tuvieron
un éxito impresionante, aunque pasajero, reverdeciendo
la interpretación de temas de la guardia vieja
según los cánones aproximados a la etapa primitiva
del tango. Lopecito, criado en un Despacho de
bebidas del Paseo Colón de propiedad de su padre,
había visto desfilar en el mismo a infinidad de
payadores, guitarreros y cantores y sostenía que
la letra de Sentimiento Gaucho, le había sido
inspirada al platense Juan Andrés Caruso en aquel
local. Y una fiera de la batería como Tito Alberti,
recordaba que en su Zárate natal habían armado
de pibes un trío con los hermanos Expósito. Él
en batería, Virgilio al piano y Homero en ukelele.
En Buenos Aires formaría en orquestas como la
de Panchito Cao y con José Finkel fundaría la
afamada Jazz Casino.
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Eduardo Armani: un personaje. Un cajetilla
de pinta y talento impresionante. Su padre
fue cantante lírico del Colón y él anduvo
entre pinceles y atriles, porque pudo
ser un gran pintor y frecuentó la amistad
de Petorutti, Xul Solar o Spilimbergo.
Además nació y se crió en Corrientes y
Paraná y tuvo de compañeros de correrías
infantiles a Juan José Castro y los hermanos
Astor, Ennio y Remo Bolognini que serían
músicos de alto nivel. Decidido finalmente
por esta rama del arte, muy jovencito
integró las orquestas del Colón y la primera
Sinfónica del país. Como violín solista
acompañó a Isadora Duncan en el Ópera
y también a la compañía de Madame Rasimi
– donde actuaba la
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venerada
Misntiguette -, con el Follies Bergere, Moulin
Rouge, y en el Casino de París en los años veinte.
También acompañó a Ana Pavlova en el Coliseo y
la rusa se lo llevaría a una gira por medio continente.
A comienzos del 20 también merodeaba el jazz pero
destacó firmemente en el tango. Grababa en la
orquesta de la RCA que dirigía Adolfo Carabelli
y reforzaba conjuntos como el de Francisco Lomuto
o el de Juan Carlos Cobián en el disco. Era muy
amigo de Gardel, con quien comía a veces, y éste
lo felicitó por su tango Normiña (Norminha) que
había obtenido el 2º premio en un concurso del
Grand Splendid y que Eduardo le había dedicado
a una muchacha que conquistó en Brasil. Como no
tenía letra, Gardel se lo llevó a Antonio Capone,
portero del Tabarís, que se la hizo de inmediato
y el Morocho la grabó el día de Nochebuena de
1926. A pedido de Canaro, que reclamaba material,
compuso como 20 tangos. Fundaría la orquesta Armani-Cóspito
(otro que grabó tangos como Don Goyo) y luego
tuvo la propia jazz con su cantante Helen Jackson
que destacó en los ambientes aristocráticos o
bailes cajetillas de los clubes Italiano o Gimnasia
y Esgrima, junto a Osvaldo Fresedo su socio en
la boite Rendez Vous. Firmó el porro que llegó
a Colombia como gran éxito: “Santa Marta, Santa
Marta, tiene tren pero no tiene tranvía. / Si
no fuera por la zona, caramba, Santa Marta moriría,
ay ombe..”. Hizo cine y su orquesta mantuvo un
sello de distinción.
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Oscar Alemán fue
un genio de la música. Su vida es un milagro
de aventurero. Nacido en el Chaco, tocaban
y bailaban de chicos con su padre y sus cuatro
hermanos. Viajaron todos a Brasil para actuar,
la madre murió, se separaron con los hermanos,
a dos de los cuales jamás volvió a ver, durmió
en calles y plazas y sobrevivió con limosnas
y abriendo coches, hasta que pudo comprarse
un cavaquinho, comiendo un pan y una banana
diaria. Trabajando de portero en una boite,
faltó un número y le dejaron armar un dúo
con el guitarrista Gastón Bueno Lobo con el
que recorrió Brasil y un |
bailarín
negro los llevó a Europa. Radicado en Madrid,
Josephine Baker se entera de sus cualidades y
lo hace buscar. Con ella trabajó en el Casino
de París, triunfó y al estilo de Django Reinhardt,
armaría el Quinteto del Hot Club de Francia. Tocó
jazz al lado de los grandes como Duke Ellington,
Louis Amstrong o Billy Coleman en encuentros privados.
Cuando regresó al país trabajó en la renovación
estética del tango y formó el “Trío Víctor” (o
Les Loups) con Elvino Vardaro y Gastón Lobo. Grabó
tangos como Recóndita, Página Gris o El presumido
y también su tema Guitarra que llora con guitarras
hawaianas en 1928. Con letra de Cadícamo, D’Agostino-Vargas
dejaron una hermosa versión del tango en 1943.
Luego Alemán se dedicó al jazz, la música brasileña
y tropical y fue todo un suceso. Hizo dúo también
con el genial violinista chileno Hernán Oliva.
Los vi actuar en una boite de la calle Cerrito
interpretando algunos tangos y recuerdo especialmente
lo que hacían ambos con Canaro en París que obligaba
a la gente a levantarse de sus asientos y ovacionarlos.
Era graciosísimo en el escenario. Una noche de
carnaval en el Club Huracán estaba haciendo sus
tradicionales piruetas tocando con la guitarra
en la espalda y un reo de Soldati le gritó: “¡Bien,
Blancanieves!”. Dejó de tocar, buscó al chistoso
y apuntando su dedo índice al techo le replicó:
“Para vos me sobra un enanito…”.
Dante
Amicarelli representa toda una jerarquía en la
música argentina. Fue arreglador y director de
la orquesta estable de Radio Belgrano. Pianista
de formación clásica se integró rápidamente en
el jazz y formó en la orquesta de Eduardo Armani.
Luego, independizado con el cantor de dicha orquesta
formaron en 1946 el dúo Amicarelli-Farrel. Posteriormente
se quedaría solo con el conjunto. Casado con la
prestigiosa concertista de piano Carmen Scalcione,
su casa respiraba música a todas horas. Con Horacio
Salgán crearon un Instituto de estudios Musicales
y grabaron en dúo de pianos dos discos para Philips:
Dos virtuosos del piano y El Bosque mágico, con
el acompañamiento de contrabajo y batería. Ahí
registraron temas tan diversos como Las Hojas
muertas, la Zamba de vargas, Garota de Ipanema
o Fuegos Artificiales. También dejó en la placa
folklore con Domingo Cura, Oscar Cardozo Ocampo,
Jorge López Ruiz, Mariano Tito y Jorge Padín.
En 1969 Astor Piazzolla lo llamó para grabar con
un quinteto en el que estaban Antonio Agri en
violín, Astor en fueye, Oscar López Ruiz en guitarra
y Kicho Díaz al bajo. Astor había escrito un solo
de piano complicado al principio de Adiós Nonino
y en el primer ensayo Amicarelli lo interpretó
con facilidad, lo que motivó la bronca orgullosa
del director, porque había previsto dificultades
para el pianista. Entonces los citó para el día
siguiente y trabajó durante la noche en armarle
un bosque de problemas y trampas de todo tipo
de difícil sustanciación sin un estudio previo,
a Dante. A la hora del ensayo, Piazzolla distribuyó
las partituras y le endosó a Dante la suya con
esa entrada y el solo de minuto y medio de duración,
que luego sería el deseo de todo pianista que
se precie, por ejecutarlo. Ante la mirada expectante
de los cuatro, Amicarelli, que no conocía la partitura,
se lo despachó de un saque, sin un solo error
y con una vibrante digitación que produjo un clima
especialísimo. Al terminarlo, hizo un gesto de
aprobación moviendo la cabeza, como no dándole
mayor importancia y dijo: “Está lindo el arreglito…”.
Astor se quería comer el bandoneón de la bronca.
José
María Otero
Abril 2007
(*) “Inclaudicable
porteño de Parque Patricios, milonguero y futbolero.
Periodista del diario La Razón, fue Jefe de
Deportes de los canales 7 y 9. Tuvo programas
en varios canales de televisión y radio. Habitante
de la noche porteña en 1974, después del Mundial
de Alemania, se radicó en España, donde entre
otras cosas fundó la revista Mundo Argentino
que co-dirige desde hace 11 años con Osvaldo
Parrondo. Es historiador de tango, poeta lunfa
y enseña a Bailar tango.
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