Nota ya publicada por la Revista “Siete Días”,
tomada de la página de Internet: www.magicasruinas.com.ar
, un verdadero hallazgo para gozar de nuestro
inmediato pasado .
Quien fuera uno de sus más célebres cantores,
escribió para la citada revista, en mayo de 1975,
su despedida al viejo maestro con palabras cargadas
de un sentimiento especial, íntimo y público al
mismo tiempo, que se transcriben más adelante.
ANIBAL CARMELO TROILO (Pichuco) nos dejó
el domingo 18 de mayo de 1975. Había nacido en
Buenos Aires, calle Cabrera 2937, el 11 de julio
de 1914. Se fue de nosotros, justo cuando expiraba
el día, para entrar en el eterno recuerdo, ese
hombre que para saber que era de carne y hueso
había que tocarlo y a quien Julián Centeya bautizó
con el apodo de "Bandoneón Mayor de Buenos
Aires".
“El Gordo” desde pequeño se sintió atraído por
su instrumento musical, el bandoneón. Dijo de
él Alejandro Barletta: "Su fraseo resulta incomparable
y su sonido tierno y adormecedor".
Cuando se le contaba a Troilo esa opinión del
gran concertista, solía decir con aire pícaro:
"Yo aprendí a tener un bandoneón en las manos
a los nueve años, cuando en un picnic me robé
el fuelle de unos musicantes contratados para
el baile. Pero antes, encerrado en el dormitorio
de mi casa, tenía el vicio de ponerme la almohada
sobre las rodillas y apretarla a modo de bandoneón
mientras silbaba tangos de Arolas y Saborido.
Capaz que por eso me sale ese sonido tan adormecedor".
Pero vayamos al centro de esta nota recordatoria
y memoremos aquello que quien fuera su cantor
y amigo, Edmundo Rivero, dejó escrito con
palabras cargadas de hondo contenido que constituyen
un documento relevante.
”MI AMIGO TROILO”
”Conocí a Troilo un día que vino a escucharme
al bar Jardín de Flores, donde yo cantaba. El
Gordo (como le decíamos todos) se encontró por
primera vez conmigo en ese porteño barrio, cuando
corría el año 1947.
Desde entonces trabamos una sólida amistad: yo
canté en su orquesta hasta 1950, por espacio de
tres años. Troilo me había ofrecido que actuara
con ella una noche de tantas, cuando él, Zita,
su mujer, y el Malevo Muñoz (o Carlos de la Púa,
según se prefiera) junto con el que esto escribe
tomaban copas y verseaban en un templo de la noche
llamado La Cartuja, metido en Libertad y Diagonal
Norte, en pleno cuore de Buenos Aires Troilo era
el prototipo del hombre de la noche.
| Y la noche
es más generosa que el día, porque es el momento
que hermana a la gente como nosotros, los
músicos de la ciudad. En la noche no hay diferencias
políticas y la gente se aúna para transmitirse
recíprocamente afectos, a veces propios y
a veces heredados, de una ciudad que tiene
alma. Esto ocurre, generalmente, donde se
hace música de tango: hay gente de todo el
mundo juntándose alrededor de quienes hacemos
tango, y Troilo siempre fue nuestro representante.. |
 |
En tomo
a los astros como él siempre llega gente de ésa
que busca sacar provecho, pero El Gordo no protestaba,
y a esa gente la cambiaba con un abrazo. El era
un poseído del dolor, del dolor propio y del dolor
ajeno. En su fuero íntimo (yo lo sé bien) era
un hombre triste, y era notable entender cómo
esa tristeza, noche a noche, se iba trasuntando
en los distintos sonidos que arrancaba al bandoneón.
Ahora
viene a mi mente que en el Odeón, donde actuamos
juntos por última vez, no sé qué pintor le dedicó
un cuadro. Se llamaba 'El ángel de la noche',
y el título no pudo estar mejor puesto, porque
El Gordo era el ángel de Buenos Aires. Veinticinco
años atrás, solía hablar siempre de fútbol (su
debilidad era River Plate), de burros y de poesía.
Pero, últimamente, no escuché de sus labios esos
temas tan afines a su personalidad.
| El a mí
me decía El Gaucho y yo a él lo llamaba, respetuosamente,
Pichuco. No sé por qué, pero nunca nos tuteamos.
Sin embargo, nuestro afecto de amigos fue
inmenso: los dos sabíamos que una sensibilidad
común establecía sus lazos entre nosotros. |
 |
La última
vez que estuve a su lado, en el teatro Odeón,
hicimos juntos tres tangos: Sur, El último organito
y La última curda. Recuerdo que ese día en los
finales de las piezas la gente aplaudía a rabiar:
creo que Pichuco los acercaba a Dios con su bandoneón,
como nunca tal vez lo había hecho. Esa noche,
al término de la audición, me confió un deseo
que sería premonitorio: Tengo cuatro bandoneones,
me dijo, y cuando muera quiero que uno de ellos
le sea donado al pibe que más se aplique en el
estudio de este instrumento. Ahora, habrá que
cumplir esa voluntad, tal vez la última solicitud
del Ángel de Buenos Aires.
De todos
modos, nos queda este pueblo que ha venido a verlo,
y hago mías las palabras con que lo definía Zita,
su mujer: "El Gordo, decía Zita, es mío de la
puerta de casa para adentro; de allí para afuera
es del pueblo".
Fue un
admirador de Pedro Maffia, un tolerante, un hombre
que hizo de su vida un acto de amor. Pero, por
sobre todo, Pichuco fue un músico. Y hoy, por
lo que ocurrió, puede decirse que fue el músico
del pueblo” .
(*)
Material tomado de la revista “SIETE DÍAS” y de
“magicasruinas.com.ar” con Fotomontaje de Norberto
Fernández – Idea y composición de la presente
José Pedro Aresi
<<<VOLVER