Fecha de última
actualización
28 Junio, 2008 2:14 PM
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UN RECUERDO DE ALFREDO GOBBI
Por José
María Otero*
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Conocí
a Alfredo gracias a Pirulo, un atorrante de la
barra, que era hincha suyo y lo trajo al barrio.
Nosotros éramos alegres dieciochoañeros, despreocupados
y atentos al vaivén del equipo del cuore, la orquesta
que nos tiraba, la silueta de las pebetas que
pasaban repiqueteando su taquito en la vereda
y la milonga con su rante berretín. Los jueves
armábamos unan morfi bien grasón en una fonda
de la calle Los Patos entre Colonia y Luna y no
sé cómo Pirulo lo arrastró a Alfredito a una de
aquellas comilonas, a las cuales el gran troesma
se nos haría habitué. Incluso trajo a uno de sus
cantores, el colorado platense Héctor Coral, y
luego aterrizaría gente como Rodolfo Lesica, Julián
Centeya, José Berón y algunos futbolistas. A veces,
cuando las copas habían realizado el prefacio
situacional, el hombre se paraba sobre la silla
y dirigía la orquesta virtual que lo seguía en
Amurado, al estilo Pugliese. Nosotros éramos los
supuestos músicos que pronunciábamos las notas
correspondientes aunque vendría la lógica desbandada
en las variaciones que había creado Maffia para
tan hermosa página y que no podíamos seguir tarareándolo
en compás. Un tórcan del rioba cantaba los versos
olvidados de temas como Entrada prohibida o La
Payanca y siempre había alguna otra gola generosa.
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De aquellas
noches truncas pasé al trocén donde me hice
habitué. Mi parada arrancaba en el Suárez
de Esmeralda y Lavalle donde me encontraba
siempre al negro Hugo Díaz y su proverbial
humor santiagueño. La seguía en la Richmond
de Esmeralda donde había actuaciones continuas.
Y frente a Radio El Mundo, de la calle Maipú
se producía una gran concentración de tangueros,
porque en la emisora proliferaban las actuaciones
de las orquestas típicas más destacadas.
Allí era mi tercera recalada y me hice de
amistades como el poeta de Boedo Julio Camilloni
que correteaba artículos para talabartería,
Oscar Fresedo, hijo de Emilio, Manolo Sucher,
Pichuco, Domingo Sciaraffia, Roberto Arrieta,
Carlitos Almada, Centeya, Ángel Cárdenas,
Julio Sosa, Rivero y mi padrino en ese ambiente
era Alfredo Gobbi.
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Al socaire
de la nostalgia no puedo menos que revivir infinidad
de escenas que me quedaron registradas con muchos
de aquellos personajes con los que mantuve amistad
como Centeya, con quien pasé largas noches y compartí
posteriormente micrófono. Las vigilias me nutrieron
de anécdotas imborrables y recuerdo las palabras
de Alfredo aconsejándome para no caer en vicios
que a él terminarían destruyéndole. Tenía un leve
temblor en sus manos y me explicaba que era por
culpa de la ginebra. Me hablaba largamente de
Orlando Goñi –para mi gusto el pianista más genial
que tuvo el tango- y de Pugliese y Troilo, con
quienes alternó en varios conjuntos. Porque el
que conseguía el trabajo llamaba a los otros y
el conjunto llevaba entonces el nombre suyo. Por
eso actuaron los tres bajo la denominación de
Osvaldo Pugliese y su orquesta o Troilo, o Gobbi,
según el caso. Y se tenían entre ellos una profunda
estima humana y profesional. La misma que le tuvo
Astor Piazzolla que le dedicó su tango: Retrato
de Alfredo Gobbi. En un programa dominical matutino
que yo conducía con Osvaldo Papaleo me habló de
su admiración por Gobbi y de la letra de un hermoso
valsecito que Alfredo compuso en su homenaje y
que le pasó por debajo de la puerta de su casa,
escrito a lápiz y que Astor lamentablemente perdió.
También se lo contaría a Natalio Gorín para ser
reproducido en el interesante libro de Natalio.
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Todos sabemos del terrible final de Alfredo
Gobbi. Vencido por el alcohol y las drogas,
tocando en lugares de mala muerte, viviendo
en una pensión lamentable, alejado de
los amigos y la familia, a su deceso en
1965, hubo que hacer una colecta entre
tangueros para rescatar su legendario
violín que el dueño de la pensión se quedó
para recompensar la deuda del inquilino.
Cuando lo fueron a ver a Troilo, el gordo
se quejó amargamente: “¡Cómo no vinieron
a verme primero a mí..!”, y puso lo que
faltaba, además de componer en su homenaje
¨Milonguero triste. Gobbi nos dejó unas
grabaciones invencibles, algunas composiciones
de gran enjundia musical como Orlando
Goñi, Camandulaje o El Andariego, dedicado
a su padre y el regalo de la amistad,
su personalidad auténtica, entrañable,
enfundada en su pinta porteña y bacana.
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Quería
contar una anécdota intransferible que viví a
su lado. Osvaldo Tarantino lo había invitado a
un asado nocturno en una casa de Puente Alsina
y Alfredo me coló. Era en una de esas casas chorizo,
con parral y gallinero al fondo, guitarras, canto
y el infaltable truco del alba. Estábamos en el
feca, frente a la radio, tomamos algo y nos mandamos
en un taxi que paramos en la puerta. Al llegar
al Obelisco, se agarra la cabeza y recuerda: “¡Huyyyy,
me olvidé el violín en el bar….volvamos rápido
por favor!”. Yo recordé que eso le pasaba seguido
al despistado Edgardo Donato, porque ya conté
que andaba a veces con el Negro Almada que cantaba
con él. El fercho pegó la vuelta y cuando Alfredo
entra al boliche, me comenta: “¡Es el maestro
Gobbi! Yo soy fanático de él, qué bárbaro!”. Y
retomamos la marcha. Aproveché para contarle:
“¿Sabés que el hombre es hincha tuyo? Mirá que
suerte…”. Agarramos Rivadavia, pasamos el Congreso
y Alfredo me dice. “Tenemos que tocarle algo al
amigo entonces, ¿no te parece, Josecito?”. Desenfundó
el violín y el hombre, asombrado paró el coche.
Gobbi entró a tocar Ojos Negros de Greco, y de
repente lo mezclaba con la canción rusa homónima
(Ochi chornye) y entramos los tres en trance con
el maestro que cerraba los ojos, arrancándole
al instrumento una vibración emocional inolvidable
Era una noche de luna llena y me empezó a correr
un frío por la espalda increíble. Sin darnos cuenta
el tachero y yo teníamos los ojos llenos de lágrimas
y por supuesto compartió toda la velada con nosotros
posteriormente. Fue uno de los momentos más sublimes
que he vivido con el tango y sus grandes personajes.
De aquella época irrepetible de bohemia y amistad
que ha quedado sepultada por la modernidad.
José
María Otero
Abril 2007
(*) “Inclaudicable
porteño de Parque Patricios, milonguero y futbolero.
Periodista del diario La Razón, fue Jefe de
Deportes de los canales 7 y 9. Tuvo programas
en varios canales de televisión y radio. Habitante
de la noche porteña en 1974, después del Mundial
de Alemania, se radicó en España, donde entre
otras cosas fundó la revista Mundo Argentino
que co-dirige desde hace 11 años con Osvaldo
Parrondo. Es historiador de tango, poeta lunfa
y enseña a Bailar tango.
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