Hace
no mucho tiempo sorprendí a un amigo, cuyos apetitos
musicales conocidos no pasaban precisamente por
el tango, escuchando a Roberto Goyeneche.
Para acrecentar
mi sorpresa tenía desperdigados sobre el equipo
de música varios discos más, también del Polaco.-Y
no solo discos compactos con los más variados
acompañamientos, sino tomas de video de programas
de televisión y abundante material gráfico, hasta
aquella foto al volante de un colectivo, y las
innumerables imágenes junto al gordo Troilo en
las que era manifiesta la admiración mutua..
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Su
actitud casi avergonzada, cedió paso, rápidamente,
a un eufórico catálogo de ponderaciones
hacia el tango y particularmente hacia el
Polaco. Su evolución como cantor, la asociación
con Pichuco, su decadencia física, su adaptación
a los recursos, su exquisito “decir el tango”,
su afición a los pájaros y hasta sus silencios
Cuando acabó
de hablar, me miró buscando mi
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aprobación.
.- ¡Y qué le podía decir!... si sus pareceres,
con atraso de veinte años, eran iguales a los
míos. Recordé al instante aquel viejo dicho de
que “no importa lo que tardes, el tango siempre
te estará esperando”.
No terminó
ahí la cosa. Haciendo gala de una erudición envidiable,
hizo un recorrido por la guardia vieja, el tango
canción, la evolución planteada por Cobián, los
De Caro, Laurenz, Maffia, la sencillez de Enrique
Delfino, los estribillistas, la década del treinta,
casi un periodo germinal de la explosión de las
grandes formaciones del cuarenta, el protagonismo
de los cantores, las grandes cantantes (o cantoras,
como gustaba decir a mi abuelo), los poetas del
tango, Discepolín, el gran Homero Manzi. y ese
otro Homero, Expósito, que nos metió en parábolas
y metáforas adecuadas a nuestro sentir adolescente.
El gran Cátulo, a quién su padre, José González
Castillo bautizó finalmente como Ovidio Cátulo
aunque su pretensión inicial fuera hacerlo como
Descanso Dominical en una encendida defensa de
las reivindicaciones anarco socialistas en las
que creía.
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Apabullado, también
recordé los pases millonarios de cantores,
las barras seguidoras y aquella anécdota
de cuando en La Tapera Boxing Club de
Morón una admiradora se hizo firmar
un autógrafo por Alberto Castillo..¡¡¡en
el muslo!!!.
Cosas del tango. Faltaba poco para Navidad
y las calles de Madrid estaban llenas de
villancicos.-
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Pepe
Escudero
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