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Es sabido que escribir sobre los orígenes
de nuestra música popular, presupone abarcar
aspectos complejos muchas veces perdidos
en el tiempo y que aún hoy continúan siendo
investigados.
Una ecuación sencilla permite ubicar la
ascendencia del tango criollo en su par
afrocubano, en la milonga – no cifrada pero
sí bailable –, el candombe, la habanera
y muy especialmente el tango gaditano o
andaluz.
Rosendo Mendizábal, Ángel Villoldo y Vicente
Greco, se constituyeron – cada uno a su
tiempo – en exponentes destacados de los
primeros tangos argentinos. Algo después,
músicos como Eduardo Arolas, Agustín Bardi
y Roberto Firpo , por citar a algunos, fueron
modelando un tango algo más evolucionado,
menos tajante y a ellos los siguieron otros
que como Juan Carlos Cobián y Julio De Caro
lo tornaron más melodioso. Al mencionar
este carácter, cabe repetir lo dicho por
el maestro José Gobello, refiriéndose en
particular a Julio De Caro, “él logro enriquecer
la melodía del tango”. Muy pronto se sumaron
a esta corriente dos importantes compositores
y ejecutantes del bandoneón :
Pedro Maffia y Pedro Laurenz.
Se podría continuar haciendo nombres, ya
que el caudal de artistas argentinos volcados
al tango es muy rico, pero de lo que aquí
se trata es solamente brindar una síntesis,
precursara de posteriores trabajos particularizados.
Consideremos entonces a esta nota como “el
arranque”.
A mediados de la “década del treinta”,
luego del embate del foxtrot, del shimmy
y del charleston, los milongueros añoraban
los tiempos que precedieron a Cobián, aparece
en escena Juan D’Arienzo e impone con éxito
un estilo que devolvió al tango el compás
rápido del 2 x 4 de los primeros tangos.
Cierta vez dijo Juan D’Arienzo : “A mi modo
de ver el tango es, ante todo, ritmo,
nervio, fuerza y carácter” ; concepto
este que nunca traicionó.
Llega luego la llamada “década del cuarenta”,
que si bien se inició unos pocos años antes,
madura y alcanza su apogeo durante su transcurso.
Comienza entonces la incorporación de los
“arreglos” a las partituras originales,
lográndose así que cada director pueda imprimir
su “sello musical” a la formación típica
que dirige.
Sin llegar a apurar en demasía el compás,
tal cual lo había hecho D’Arienzo, se incorporaron
al firmamento del tango, nuevos jóvenes
directores que conformaron orquestas sonoras
y de bien marcado compás. También se introduce
en ese momento en las orquestas al cantor
, como un elemento musical más de la misma.
Así Ricardo Tanturi, Miguel Caló, Alfredo
Gobbi, Ángel D’Agostino, Carlos Di Sarli,
Alfredo De Angelis. Aníbal Troilo y Osvaldo
Pugliese, proyectaron sus gustos interpretativos
a la consideración popular. De estas orquestas
se desprendieron luego

ejecutantes de gran valor que formaron
sus propias organizaciones musicales, tal
el caso de Francini – Pontier, Pepe Basso,
Domingo Federico, Osmar Maderna y algunos
otro más.
La década del cuarenta se extiende hasta
los años del cincuenta y en su reinado la
música popular brilla en cafés, confiterías,
salones de bailes, “cabarets” y clubes de
barrio, algunos de ellos con mucho calor
y sabor a fútbol.
La invasión de nuevos ritmos bailables,
la aparición de desconocidos astros forjados
por la televisión y el interés de las radios,
las compañías cinematográficas y discográficas
por difundirlos, motivó el retroceso del
tango.
Para entonces, los milongueros de siempre
y sus agraciadas compañeras de baile ya
se habían convertido en padres y madres
que priorizaban la atención de sus hogares
al baile; en tanto que la juventud, carente
de otros ejemplos, es avasallada por un
moderno y “fabricado” modelo musical que
los alejó del tango.
Pero como siempre, el tango renace una
vez más y hoy ha ganado nuevamente el terreno
perdido, gracias – esta vez - a su valorización
en el orden internacional como música sensual,
enigmática y sentida.
En esta somera revista del origen y evolución
del tango argentino, no es posible dejar
de mencionar a su última figura evolutiva
y “responsable” de su novísima difusión
en el exterior: Astor Piazzolla, acerca
de quien José Gobello escribió: “De su obra
pueden decirse muchas cosas, buenas o malas,
pero lo que no puede negársele es su coherencia.
Astor comenzó a apartarse de la tradicional
música típica para componer obras que reflejan
su gusto personal.”

Indiscutiblemente la música elaborada por
Piazzolla caló en una juventud que mayoritariamente
desconocía el “abc” del tango tradicional,
pero que necesitaba refugiarse en un presente,
sin tener en cuenta las raíces del pasado,
a las que sin embargo, este nuevo proyecto
los ayudó a reencontrar.
Gracias a las bondades de nuestra música,
hoy conviven y se mezclan las dos
vertientes; aquella que considera la obra
de Piazzolla como una evolución del tango
hacía lo moderno y la otra – “de tangueros
chapados a la antigua” - que prefieren considerarla
como una locura del “enfant terrible” surgido
del riñón mismo del tango tradicional.
José Pedro Aresi
Diciembre de 2005
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