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Hace ya mucho tiempo Roberto Arlt dijo
: ”El espíritu de la Calle Corrientes no
morirá con el ensanche...” y muchos años
después el periodista Roberto Gil te bautizó
“La calle que nunca duerme”.
Tu denominación catastral es “avenida”,
pero para todos quienes crecimos en Buenos
Aires, seguirás siendo la calle a la cual
nos asomamos un día - como gorriones curiosos
- en nuestra primera llegada “al centro”,
de pantalones largos. Desde ese entonces,
asumimos que vos eras la extensión emperifollada
de una calle cualquiera del suburbio, esa
misma que nos vio nacer y fatigar veredas,
a fuerza de trompo y billarda, pelota “de
veinte” y primer arrime siestero a la sombra
de algún plátano, tipa o paraíso..
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Entonces,
¿Cómo podríamos cambiarte tu nombre,
reliquia de la identidad porteña? ,
si vos sos la dueña de la mágica aventura
que transpira barrio. Precisamente por
eso, los porteños nunca podremos |
sentirte “avenida”, porque siempre fuiste
y serás un remanso transitado por infinidad
de personajes ”Inmortales” del quehacer
artístico perfumados de bohemia, libros,
café, copas, fueye y milonga; donde aún
hoy, entrada la noche, se percibe la presencia
de esos duendes que evocan el ayer.
Elocuente emporio de luces acariciadas
por la esperanza del “hombre que está solo
y espera” y del andar acompasado de minas
sobradoras y de las otras, a quiénes el
destino les hizo “..envidiar a tanta gente,
que tiene para el buyón..”. Extraña mezcla
de olor a empanada, sabor a pizza y bife
a caballo o milanesa cortada al plato.-
El drama, la comedia y el sainete se descolgaban
de tus marquesinas de colores, para confundirse
con la realidad del porteño y acompañarlo
a las viejas librerías, en cuyas trastiendas
- llenas de sabiduría y poesía - recalaba
nuestra cultura. Cine, cabaret, heladería
y algún “copetín al paso” completaron tu
geografía de aire enrarecido, en tiempos
en que la “Revista Porteña” se vestía de
gala con sus reinas indiscutibles e inalcanzables.


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A tu alrededor, las voces de los canillas
descendían de los tranvías pregonando en
noches sin sueño : “Crítica”, “Noticia”
y “Razón”; en tanto tres bolas de marfil
al chocar, te regalaban una serie de carambolas
y un “póquer de ases servido”, completaba
la “generala” de la vida nocturna.
¡Calle Corrientes!...donde pocillos de
café junto a cenizas de puchos descuidados
y un ¡Se lustra señor! , se mezclaban con
el sonido de las copas al lavarse. Tus fragores
fueron imanes que atrajeron la pasión por
el fútbol y las carreras; en tanto que allí,
cerca del puerto, con frente de tarjeta
postal, el glorioso Luna Park fue testigo
de vidas vertiginosas, como la de aquél
campeón amado y odiado que paseó por el
ring su efímera gloria y que al intentar
hacerle una finta imposible al destino,
ya amortajada de verde su mirada, susurró:
....”No me dejés tirado hermano...”, en
un final absurdo
Te silbaron los carteros por Alem, el obelisco
fue piolín en tu topografía y en un juego
de “feca” y tango, prestigiaron tus veredas
locales perdidos hoy en el recuerdo: la
“Cabildo”, el “Germinal” y “El Nacional”,
sin olvidar el “Marzzotto”, “Dandy”, “Café
Domínguez” y el “Quitapenas” del adiós.
Curda ya de recuerdos, traspasamos Callao
y al llegar a Pueyrredón extrañamos el olor
a té con limón y las fichas de dominó esparcidas
sobre mesas de mármol del bar “León”. Caminamos
sin prisa sobre baldosa humedecidas y pasando
Anchorena, notamos la ausencia del bar “La
Cueva”, en el cual Carlitos saboreaba su
café, mientras esperaba el taxi que lo alejaría
– solamente por un “ratito” - de su barrio.
Valía la pena entonces continuar hasta
“El Abasto”, donde cajones de frutas y verduras
inexistentes hoy, se agolpan en la memoria
, junto a sudores proveniente del trajín
amanecido de “chatas”, el grito del “changa”
y el recuerdo de aquellas fondas con manteles
de “estraza” y vino Battaglia, luciendo
altaneras el tentador cartel de “HOY BUSECA”.
Barrio del Abasto: ¡“Cacho” de Buenos Aires
que todavía añora el canto de “El Morocho!”.
Al alcanzar tu cruce con Medrano, caemos
en la cuenta que ya no está la “vitrolera”
cruzada de piernas en el palco de “El Condor”
y no existen vías de tranvías, ni conventiyos
proletarios.
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Llegando
después a Villa Crespo, notamos que
el café “Venturita”, que ayer derramaba
tangos, hoy es |
sólo un recuerdo y al cruzar de madrugada
el Maldonado, caemos en la cuenta que el
viejo “Imperio” y “El Argentino”, ya no
esperan a las barras trasnochadas de entonces.
Resignados, solamente nos queda seguir
la huella del ayer y enderezar rumbo al
umbral de la estación del antiguo Lacroze,
desde donde podemos divisar nuestro destino
final de piedra y olvido.. ¡Calle Corrientes!,
Si los porteños te llamáramos “Avenida”,
sería como tratar “de usted” a una hermana.
Octubre del 2006
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