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Tiempo de tranvías
Evaristo evocaba así, esa época que él solía llamar “Tiempo de Tranvías”; justamente por ser ése el vehículo que más utilizaba el pueblo para trasladarse por la ciudad...
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TEXTO: JOSE PEDRO ARESI.
La
dirección de Buenos Aires Antiguo agradece al Sr. José Pedro Aresi por
su amabilidad al enviarnos la presente nota.
info@buenosairesantiguo.com.ar
| Una mañana en que el calor y la humedad caían ya temprano sobre Buenos Aires, Evaristo Gómez saboreaba un café en el bar de su barrio, en el cual había nacido y crecido hasta hacerse hombre. Estaba sentado en una mesa junto a la vidriera, rodeado por la soledad que contagia esa infusión cuando es acompañada por un cigarrillo. Tenía ante sí, la visión de hechos presentes, si bien su pensamiento era absorbido por la evocación de un lugar y un tiempo que ya eran recuerdo; precisamente aquellos en los que la gente habitaba en casas bajas, enclavadas en un paisaje con tonos sin olvidos. Ese heterogéneo “grupo humano”, era para entonces, un punto en la geografía ciudadana, conformado por gente de trabajo, que si bien tenía dificultades económicas, pensaba con optimismo en el porvenir. Evaristo evocaba así, esa época que él solía llamar “Tiempo de Tranvías” ; justamente por ser ése el vehículo que más utilizaba el pueblo para trasladarse por la ciudad. |
Al poco rato llegó al bar el “ñato” Ricardo, su amigo de la infancia, con quien Evaristo se reunía a diario para conversar. Ambos conformaban el clásico dúo de líricos de café, siempre dispuestos a discurrir acerca de como “arreglar el mundo”. Rápidamente Evaristo lo puso al tanto de “sus meditaciones”, luego de lo cual el “Ñato” se prendió en el tema. “ Pensar - dijo - que aquella era una sociedad en la que coexistían |
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contradicciones que encerraban toda una filosofía de vida, quizás primitiva, pero sincera.
En los barrios todo era modesto. Solamente los edificios de los bancos, el correo y alguna que otra casa particular poseían cierto perfil importante” ; a lo cual Evaristo agregó - “ En general las casas tenían jardín al frente y un gran fondo. Las había también del tipo llamado “chorizo”, con más habitaciones que las otras y dos patios divididos por un ambiente que sobresalía del resto de la edificación, con un pasillo que los comunicaba. Las veredas, cuando las había, eran – por lo general - de baldosas ocres y cerca del cordón lucían árboles con cortezas lastimadas por esa primera cortaplumas que nos hizo sentir hombres”. Siguiendo con sus “cosas”, Evaristo añadió: - “¿ Te “acordás” de cuando usábamos esos árboles como arcos, en aquellos “cabezas” con pelota de goma, en un frente a frente de purretes soñando con llegar a ser cracks ?” y enfervorizado agregó: “ ¡Paraísos con bolitas verdes que morían amarillentas en el otoño , desparramadas secas en el suelo! ”
En tanto la conversación avanzaba, ambos iban volcando en cada frase, la nostalgia propia de quienes han vivido otra época. “Pensar - dijo Ricardo – que en ese hábitat convivían el obrero con el empleado, el peón con el “nuevo rico”, el “gallego” con el “tano”, el “ruso” con el “alemán” y el “turco” con todos”. Tiempos de correr veredas, de saltar cordones y zanjas, de escuchar el croar de las ranas y “un ladrido de perros a la luna”. Epocas en que era poco lo que había, pero todo se compartía. Tardes de seguir al hombre del barquillo para hacer girar la ruleta de la suerte o al manisero que cargaba, en su hombro, el horno de zinc que tenía una pequeña chimenea, por la cual escapaba el humo de un carbón cansado de calentar maníes con cáscara”. A este punto lo interrumpió Evaristo – “Epoca donde había una relación casi de familia entre los vecinos, basada en el respeto y la reciprocidad. Tiempos en que existía “el almacén” y Don José era un amigo, siempre dispuesto a “fiarle” a quien anduviera en la mala”.
“Terminemos con la farsa del modernismo para justificar lo injustificable” agregó Evaristo y continuó diciendo: - “El concepto de moral - hoy como ayer - es único y está más allá de cualquier dogma religioso o político. Sólo los mendaces intentan que la gente descrea de la verdad indiscutida. Estos “señores” cuando proceden así, buscan su propio beneficio; a la vez que pretenden inculcarle al pueblo sus prédicas vanas, mediante el ardid de hacerle creer que son verdaderos cantos al progreso. Luchar para evitar que triunfen estas prácticas deleznables, es el mejor mensaje que hoy debe proponer la sociedad a todos sus integrantes”. - “Está en nosotros no bajar los brazos - dijo Emanuel - y pelear para lograr que el bien triunfe sobre el mal”.
Terminaba de decir esto, cuando al mirar por la ventana del bar exclamó: – “ ¡Oh Dios, ya nada se puede hacer! ”, al tiempo que se escuchaba un ruido muy fuerte, parecido al de esos truenos que retumban en el campo y que alargan su resonancia hasta el infinito. Dos colectivos habían chocado y estaban volcados sobre la avenida. Oír el ruido y salir corriendo hacia el lugar del suceso fue un acto reflejo de los tres. La escena era de terror. Había cuerpos desparramados, se oían gritos y lamentos, algo realmente escalofriante. Colaboraron en auxiliar a los heridos, en sacar personas atrapadas por hierros retorcidos y en calmar a quienes eran presa de la histeria. Tan pronto como llegó la policía, las ambulancias y los bomberos, estos se hicieron cargo de la situación y alejaron del centro del suceso a quienes habían estado prestando ayuda hasta ese momento. Junto con las fuerzas de auxilio, llegaron los móviles de la televisión. Evaristo, Ricardo y Emanuel estaban jadeantes. Se sentaron en el cordón de una de las esquinas, con sus ropas y manos manchadas de sangre. Fue entonces cuando un periodista, micrófono en mano, se acercó al hombre más joven y le preguntó – “¿A tu juicio, cual de los conductores fue el responsable del accidente?. ¿Quién no respetó la luz roja?”. Emanuel se levantó, fijó su mirada en el periodista y repreguntó : - “ ¿Frente a este cuadro de horror y sangre solamente tiene importancia para vos averiguar quién no respetó la luz roja? ¿Sólo te interesa buscar el culpable? ” y sin esperar la respuesta, optó por darle la espalda y alejarse; reprimiendo su íntimo deseo de pegarle una bofetada.
AUTOR: JOSE PEDRO ARESI
Ambos coincidían en cuanto a que en ese entonces, la sociedad barrial o mejor dicho “casi de cuadra”, estaba constituida por gente que actuaba mancomunadamente frente a la vida y que frente a ciertos problemas, los mismos vecinos se ayudaban ente sí para superarlos. Tal era el común y normal funcionamiento de esas cofradías y tanto la Sociedad de Fomento, como el club de barrio, fueron un claro ejemplo de ello. Todo era así, hasta que factores externos modificaron las cosas. Sucedieron hechos que todavía están muy frescos en la memoria de la gente y sobre los que no se puede opinar, pues aún laten pasiones que podrían distorsionar su interpretación. Lo cierto es que estos hechos trastocaron fuertemente a esa sociedad.
En una mesa cercana a la que ocupaban Evaristo y Ricardo, un hombre joven tomaba una cerveza. Aprovechando una pausa en la charla de los dos amigos, se acercó a ellos y les dijo : - “Disculpen. Los escuché conversar y me pareció oír a mi padre , que siempre se refería a esas mismas cosas. Quizá sea por eso que yo los entiendo, pero creo que ustedes no han comprendido aún que este universo de tierra y agua - llamado mundo - ha cambiado. En la actualidad es difícil encontrar quien se ocupe de resaltar los aspectos buenos de la vida, precisamente aquellos que trasuntan un funcionamiento social normal, sin drogadictos, sin corruptos, sin estafadores y sin otras tantas lacras que afectan la convivencia normal de las personas. En la actualidad, todo lo bueno y normal parecería estar fuera de “onda”. Solamente se le da valor al “show” de los “cholulos” que recorren programas de televisión para exhibirse, a los periodistas y pseudos comunicadores sociales que hacen del “raiting” un credo, aunque lo que difunden resulte ser el último morboso excremento de las miserias humanas. Se repite continuamente: “quienes no aparecen en televisión, no existen” y mal que nos pese, debemos reconocer que los que así opinan están en lo cierto”. - “Tiene razón” - dijo Evaristo - “ En esta era de las comunicaciones, son pocos quienes se ocupan de difundir acciones edificantes o resaltar valores que necesariamente deben prevalecer en una sociedad bien constituida. Corrientemente se dicen cosas sin sentido y parecería que solamente las palabras huecas son las que tienen valor. Como ya lo dijera Discépolo, “vivimos revolcados en un merengue”. O no?”. El joven pensó un instante y luego respondió : - “Es cierto. Hoy parecería que de nada sirve ser decente y llevar una vida normal. Sin embargo no debemos generalizar. Existe aún mucha gente que no piensa igual. Todavía quedamos quienes respetamos y pretendemos preservar los valores éticos y morales que conforman una filosofía de vida y no una moda”. Lo dicho por Emanuel – así se llamaba el joven – hizo florecer en Evaristo y Ricardo la esperanza de que aún no todo está perdido. Se despidieron y cada uno tomó el rumbo que sus obligaciones exigían.
Esa noche, después de cenar, Evaristo releyó el suplemento deportivo del diario de la mañana y escuchó radio, en tanto reflexionaba acerca de que alguna cosa se debía hacer para lograr que la sociedad pudiera mantenerse dentro de lineamientos genuinos y nobles. Llegó entonces a la conclusión que era necesario luchar contra el “cholulismo” y que no era lógico continuar siendo un testigo pasivo de cuanto estaba sucediendo. Meditó acerca de la necesidad de actuar y no permanecer indiferente, pues – según su entender - los círculos perversos no se soslayan, directamente se rompen. El sueño lo fue ganando, pero antes de dormirse repasó la teoría de la “reciprocidad” a la cual era tan afecto. Según la misma, si bien es importante que una persona brinde ayuda al prójimo, es necesario que quien la acepta, entregue algo a sus semejantes en contrapartida. Todos deben comprender que cuando reciben ayuda, tienen a su vez, la obligación de retribuir a la sociedad que lo ha ayudado y no es preciso que lo que devuelvan sea algo material. Muchas veces sólo basta con saber respetar el derecho a que todos somos merecedores.
Al día siguiente, al llegar al bar, encontró a Ricardo en amena charla con Emanuel. Saludó y se sentó junto a ellos. Hablaban sobre cine y prefirió escuchar sin pretender intervenir en la conversación, pues continuaba obsesionado con el tema de la víspera. Miraba la avenida, hoy sin tranvías y sin aquellas mujeres que pasaban con la bolsa de tela de arpillera en la mano rumbo a la feria. Reparó en que los carros no la recorrían como antes. Que no había bosta en las calles y que el clásico “musolino” ya no existía. Evaristo Gómez repasaba su ayer.
Poco después, los tres hombres retomaron la conversación iniciada el día anterior y entonces Evaristo dijo : - “ Hoy por hoy, pocos son quienes se detienen a pensar en la diferencia que existe entre el trabajo que antaño, a orillas del río, realizaban las mulatas lavanderas o bien el que luego hicieron nuestras madres al pié de un piletón, con el de la mujer actual, que lava la ropa en una lavadora programada. No muchos pueden en esta época hablar acerca del trabajo que cuesta cultivar una huerta, atender un gallinero o cuidar una conejera. Se perdió la costumbre de no tener miedo a inclinarse para trabajar, que no es lo mismo que agacharse para sufrir una humillación. Sucede que hoy la mayoría de la gente est
á en la fácil y practica el principio hedonista de alcanzar el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo”.
“ Además – dijo Ricardo - la diatriba está a la orden del día. Se calumnia, juzga y condena fuera de toda norma jurídica y ética. Se considera sin más que una persona es culpable, porque así lo decide la estupidez de un núcleo de individuos que dicen representar al pueblo, cuando en realidad lo que pretenden es destruir a la sociedad. Hoy se ha hecho un hábito buscar y mostrar la paja en el ojo ajeno, sin querer sentir la viga en el propio. Sucede que nos hemos olvidado del triciclo y el monopatín. Solamente interesa la moto importada, el auto último modelo o el fastuoso mundo del espectáculo ”. - “ Para entender estas cosas y comprender el sinnúmero de diferencias que existen en la actualidad respecto a ese ayer – dijo Emanuel - basta con hacer una simple comparación entre el pequeño cajón Kodak que ustedes utilizaban cuando jóvenes para “sacar” fotografías y las soberbias cámaras con “zoom” incorporado que usamos hoy o bien parangonar a la antigua radio o al primitivo televisor en blanco y negro, con la actual “TV color” de 29 pulgadas y control remoto, que ha convertido al hombre en el rey del “zapping”. También la vida cambió en otros muchos órdenes.
Hoy día las novedades tecnológicas deben ser entendidas y utilizadas rápidamente, pues de lo contrario se corre el riesgo de que los cambios nos superen, ya que – por lo general - se convierten en cosa antigua antes de haber sido posible asimilarlos. Por lo tanto, debemos entender que vivimos tiempos muy distintos a los de antes”. – “ Es cierto lo que vos decís muchacho - respondió Evaristo - pero ¡ojo!. Hay varias cosas de ese ayer que aún tienen vigencia. Todo pasa por no olvidar culturas fundamentales como la del trabajo, la honradez, la familia , la educación y lo que es muy importante, no perder el respeto por el prójimo. En todo caso se trata de entender que si bien la manera de vivir ha cambiado, los principios éticos y morales deben ser los mismos”.
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