Un
duende travieso echa mano a la memoria y recuerda.
Casitas modestas con jardines, casas chorizo y algún
“chalet”. Así eran la mayoría de los barrios del suburbio
porteño. Veredas de baldosas o ladrillos.
Arboles
con cortezas lastimadas por alguna cortaplumas traviesa
y que eran usados como arcos en aquellos “cabezas”
con pelota de goma, en un “frente a frente” de rechazo
vale dos y palomita tres. Partidos de fútbol jugados
en la calle; desafíos de cuadra contra cuadra. En
las esquinas se ubicaba el almacén, la lechería y
esos bodegones, que fueron precursores del café-bar.
El
pregón del vendedor ambulante, la carnicería, la panadería,
el corralón, la peluquería, la tiendita y el cine
del barrio completaban el paisaje. Las calles asfaltadas
eran las más, pero las había también de tierra, con
zanjas donde croaban las ranas. La escuela primaria
, su campana y maestros que iluminaron el camino de
varias generaciones. Epoca en la cual existía una
relación de familia y veci! nos, basada en el respeto
y la solidaridad.
Existía
entonces una sociedad barrial, basada en la coexistencia
de un grupo homogéneo de gente de trabajo, que actuaba
mancomunadamente frente a los problemas del diario
vivir. Así nacieron la Sociedad de Fomento y el Club
de barrio. Tiempo en que las mujeres lavaban la ropa
en un piletón o en un tacho de zinc, a fuerza de fregado
y jabón con potasa que impregnaba y lastimaba las
manos.