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¡Que días aquellos! ¿Que
podía pasar por la mente de una pequeña niña de 14 años?
Al principio una especie de
terror , el primer día al llegar se me proveyó de un guardapolvo
de color gris acero de mangas cortas y una especie de
cofia como las enfermeras con una banda de color azul
marino que identificaba que era menor , además el número
de legajo tenía por ese motivo un cero a la izquierda.
Aquel día nunca lo voy a olvidar
en la entrada de Gral. Hornos por donde se ingresaba,
estaban de custodia dos soldados pertenecientes a la Marina
ya que el país en aquel momento ya había asistido al terrible
episodio del día 16 de junio de 1955 que en septiembre
terminaría con el derrocamiento del Gral. Perón.
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A partir de allí recorrí todos los sectores de
la fábrica, en el 5º piso estaban las máquinas,
el calor era sofocante, en primera instancia llenaba
los recipientes con engrudo para que se pegaran
las tiras con las que se empaquetaban las famosas
Criollitas.
Lo más agradable era el aroma dulce y especial
que había en el aire desde la calle ya se percibía,
a medida que transcurrían los días fui cambiando
de sector, así que a la hora de que se empezaron
a fabricar los ricos budines allí estaba , en una
mesa donde se retiraba el exceso de masa cocida
que quedaba en los bordes de los
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Interior
de la libreta de trabajo. |
moldes , como se trabajaba
por tarea a cumplir , salían a la velocidad del rayo y
quemaban tanto, con una espátula se rasqueteaba y ya estaba
alguien llenándolos , siempre recordaré a las dos únicas
operarias que vi en ese turno, tomaban con las manos una
porción de la masa y la ponían en la balanza , siempre
a una alta velocidad.

Medalla
conmemorativa del cincuentenario de Hesperidina Bagley
1864-1914 .
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El
rumor era que cuando terminara la época de Navidad
todos los nuevos serían despedidos ya que el refuerzo
era para ese fin, nada de eso sucedió conmigo, pasé
ese filtro de trabajo alocado, de piso en piso, sector
en sector, a pesar de que una vez corriendo con una
balanza de mesa al dar la curva me caí y cuando vi
resortes saltando en vez de llorar me dio un ataque
de risa y terminé en la enfermería.
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Así pasaron sin duda los
más valiosos y difíciles años de mí despertar a la vida
real. En ese ambiente de disciplina casi militar,
ir al baño máximo 10 minutos, llegar 15 minutos antes
del horario ya que las máquinas arrancaban a las 6 en
punto. No conversar con la compañera de al lado, no perder
un segundo era esa la consigna.
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¿Los personajes que recuerdo? La señorita
Teresa una mujer de estatura mediana con sus cachetes
empolvados de un rosa intenso que hacían juego con
el color de su labial y que como la vi una persona
mayor un día me dirigí a ella llamándola Sra. Teresa
por lo que se dio vuelta y me replicó ¿ UD. Conoce
a mi marido? A lo cual con asombro le respondí –
no- ¿entonces? me dijo soy la
señorita Teresa.
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Lata
conmemorativa de los 125 años
de Bagley, 1864 - 1989. |
Luego estaba Maruja, una mujer
muy hermosa que era capataza de una de las máquinas de
las Criollitas y al descubrir mi buena letra, cambio un
poco mi destino, me puso como su asistente y tomaba en
una planilla de producción la cantidad que envasaban las
obreras, allí la banda que estaba al frente de mi gorra
pasó a ser de color blanco, todo un detalle y un peso,
porque alguna vez a mis espaldas escuche “alcahueta”.
Allí no termino mi recorrido, pase por los dulces, y la
muy famosa Hesperidina y hasta por la sección hojalatería.
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Lata conmemorativa de los 125 años
de Bagley, 1864 - 1989.

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Todo esto templó mi carácter, muchas veces me escondí
para llorar y que no me viera mi padre que esperó
inútilmente que se me quitara el berrinche de Bellas
Artes, como él me lo decía, pero sí me puse a estudiar
para salir de ese trabajo que me parecía a esas
alturas más aceptable que al principio, pero que
no cumplía con mis ansias de progreso. A pesar de
pedirle tantas veces a la “señorita “Teresa que
me pasara a las oficinas ella Siempre me respondía
que podía llegar a ser una excelente capataza. No
quería eso para mí.
Pero el día que me encontré con que demolerían
la fábrica, sentí una gran opresión en el corazón,
era como si me borraran de un plumazo, todos estos
recuerdos, las charlas con las
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chicas, el llegar de mi adolescencia,
ya que allí encontré a mi primer amor. Ese amor de aquellos
besos robados antes de entrar a trabajar. Tantas cosas
pasaron por mi mente Me imagine los sonidos de todas esas
voces y los timbres que sonaban a la hora de ir a comer,
los olores escapando por las ventanas para no quedar atrapados
en medio de la demolición y las risas en la puerta de
salida cuando las manos se entrelazaban para volver a
casa después de la tarea cumplida – Me hubiera gustado
tanto que al menos dejaran aquella fachada de la calle
Gral. Hornos 256 pero...
Los negocios no saben de éstas
cosas. Es una lástima en otras partes del mundo dejan
los pórticos de pié para dejar la huella de los que los
antecedieron, aún las de sus invasores para ayudar a recordar
para no repetir, o para mejorar las obras y hechos de
otros tiempos.
¿Estaremos condenados a perderlo
todo por obra del negocio inmobiliario? Sinceramente espero
que no.
Este es un recuerdo para los
compañeros y compañeras de aquellos tiempos y de estos,
trabajadores incansables y anónimos tantas veces ignorados
y no reconocidos por su aporte cotidiano ya que con sus
manos amasan ese budín, ese excelente bizcocho, envasan
toneladas de galletas que llevamos a nuestras mesas sin
pensar demasiado en su esfuerzo.
Autor de la
nota:
Noemí Lucarini
Ciudadana de Bs. As.
La dirección
de Buenos Aires Antiguo, agradece a la
Sra. Noemí Lucarini, el habernos
permitido la publicación de sus recuerdos
de su paso por"BAGLEY"
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