>Años
atrás se acostumbraba agasajar con un banquete, a
quien partía hacía el extranjero, ya sea en viaje
de placer o de negocios ; a quien había recibido una
distinción honorífica o bien se disponía a abandonar
su condición de soltero ; a aquellos que se jubilaban
o eran ascendidos en su trabajo.
También
era usual homenajear con un banquete
a una autoridad cívica o militar en ejercicio o bien
a algún candidato político, ya sea antes o después
de una contienda electoral.
Era muy
común en aquel entonces encontrar motivos para organizar
estas reuniones, a las que concurrían diferentes personajes.
Estaban aquellos que eran verdaderos habitúes de estos
encuentros y otros que asistían con la única intención
de congraciarse con el homenajeado o con quienes habían
organizado el ágape.
Cabe
aclarar, que también a los banquetes concurrían personas
interesadas en acompañar al agasajado, pero no siempre
eran las más. >En estas verdaderas maratones gastronómicas,
el menú no variaba mucho entre una y otra. Lo más
usual era servir como entrada, fiambres con ensalada
rusa, un primer plato de ravioles con tuco y un segundo
de pollo al horno con papas “noisette”.
En
ocasiones, los ravioles eran reemplazados por “lasagna”
y el pollo por lomo al champiñón o bien acompañado
de papas a la crema. La comida culminaba con un postre
consistente en ensalada de fruta, flan o durazno con
crema, café y cigarros de hoja , cuya menor o mayor
calidad y procedencia, distinguían la condición social
de los concurrentes.
Todo
el compendio gastronómico, era regado con vino tinto
y blanco y podía verse algún que otro sifón. A lo
largo de la habitual mesa en forma de “U”, también
se colocaban bouquets de flores frescas. Invariablemente
la “cabecera” de la mesa era ocupada por el homenajeado
, sus allegados más directos y los concurrentes de
mayor relevancia.
>A
medida que los efluvios etílicos comenzaban a surtir
efecto, algunos comensales se entretenían en lanzar
bolitas hechas con miga de pan, tratando de dar en
la cabeza del elegido como circunstancial blanco.
También en este caso, el tamaño e intensidad de los
proyectiles , dependía mucho de la condición "sociocultural
" de los concurrentes, pero invariablemente ese inocente
juego terminaba con el intercambio, algunas veces
feroz, de panes enteros desde un sector a otro de
la mesa.
>Al
promediar la deglución del postre, era usual que algún
comensal , previamente aleccionado, expresara con
voz altisonante : - “¡ Que hable Fulano !. El aludido,
luego de hacerse rogar un instante, se levantaba de
su silla, se abrochaba los botones del saco, extraía
del bolsillo algunas hojas de papel y comenzaba a
leerlas, haciendo abuso de los hubierais, viniereis
y pudiereis. Mientras el orador continuaba entusiasmado
su verborragico discurso, muchos comensales permanecían
completamente ajenos a las palabras del disertante
y conversaban entre sí de temas diversos, que nada
tenían que ver con el motivo que los había convocado.
>Ya
en el final, los bouquets iban siendo desarmados por
los presentes y los ojales de los sacos, lucían ornamentados
con una flor del color que más se correspondía con
la personalidad de quien la endosaba. Luego, lentamente,
los asistentes comenzaban a despedirse y un apretón
de manos o a lo sumo un abrazo, concretaba la partida.
En esos tiempos los varones no se besaban.
>En
aquel Buenos Aires, era una tradición terminar los
banquetes en un cabaret y entonces, los más enfervorizados,
partían rumbo a los tugurios de la avenida Leandro
N. Alem y sus adyacencias, con el “non santo” propósito
de continuar la “fiesta”
Los
banquetes que solían ofrecerse a quien partía al extranjero,
al menos a princípios de siglo, se repetían cuando
el viajero regresaba a "la Reina del Plata", y por
supuesto, eran la consecuencia obligada de haberse
recibido de abogado, médico o doctor en literatura.
Los banquetes, o "comidas", como se los llamaba vulgarmente
no dejaban de darse a las personalidades del momento
cuando publicaban un libro, pronunciaban una con ferencia,
o eran nombrados ministros de tal o cual cartera.
El
menú, permanecía generalmente inamovible. Los banquetes,
según creo, fueron desapareciendo ha cia los años
treinta del siglo XX. Sin embargo, han dejado su recuerdo
perdurable en todos nosotros. Sin embargo, hoy día,
no creo posíble seguir conservando esa pintoresca
costumbre...
¡Al precio que está la comida
en la Argentina del Corralito!...
Vanesa
Montacuto Chaminaud