La
bautizaron en una oficina municipal, cuando el siglo
XIX se preparaba para entrar en el pasado. Fue un
renglón más de una fría disposición administrativa,
destinada a designar una de las tantas calles que
se abrían en Buenos Aires, siguiendo el designio del
progreso.
La
Gran Aldea crecía entre los sueños de los inmigrantes
y el desdén de los criollos. La ciudad se adentraba
en zonas vírgenes, pobladas por el verde de los campos
y el azul de un cielo quieto. Alvariño – como se escribía
cuando la conocí - o Albariño como figura hoy en el
catastro de la ciudad, es el límite geográfico entre
Villa Luro y Liniers.
Poco
importa si se escribe con “b” o con “v”, lo único
válido es que por siempre será la calle de la sombra,
la de plátanos que apenas dejan ver el cielo, la que
guarda el suave sabor del rocío mañanero y encierra
la fragancia de frescos anocheceres. Los recuerdos
brotan lentamente y tras la melancolía y la alegría,
aparece el paisaje de ese primer tramo de Alvariño;
que comienza en Rivadavia y se prolonga hasta Ramón
L. Falcón.
En
la vereda que corresponde a Liniers, estaba el edificio
de la comisaria 44 , con su aspecto de antigua fortaleza.
Un poco más allá, la casilla de los “boy scouts” y
el cuartel del cuerpo de bomberos completaban la cuadra.
Enfrente, del lado de Villa Luro, la cancha de “Dupuy”,
que luego cedió paso a la plaza Ejército de los Andes.
La
plaza, “mi placita”, la que por muchos años fue testigo
de la celebración de nuestras “Fechas Patrias”, que
se llevaban a cabo precisamente sobre la calle Alvariño,
frente a la comisaría.
La
fiesta comenzaba temprano con el “disparo de bombas”,
el izar de la bandera , el acto en la escuela, donde
“solemnemente” cantábamos el Himno Nacional y el chocolate
en la sede policial.
Después,
carreras de bicicletas, de embolsados, el palo enjabonado,
el juego de ! la piñata y las tradicionales carreras
de sortija, donde los jinetes de Battilana mostraban
su habilidad, vestidos con pilchas gauchas y .montados
en briosos pingos engalanados a la mejor usanza sureña.
Más
tarde – ya entrada la noche – el “furgón” de la Municipalidad
aportaba el cine ambulante, con algunos noticieros
y los infaltables viejos cortos de “el Gordo y el
Flaco” y del sublime “Chaplín”. Para finalizar, la
infaltable quema de fuegos artificiales.-
Al
andar unas cuadras hacía el sur, se llega a ese “¿Alvariño
y que?” donde yo viví la dicha que arrulló mi infancia,
recorriendo veredas hechas con baldosas “barrita de
chocolate”, saltando cordones rumbo a la escuela o
tras una “pelota de veinte”; el rango y mida, el juego
de la biyarda o el andar en monopatín con rulemanes
sobre el asfalto gris.
Hoy
al pasar por “la calle de las sombras”, cierro los
ojos y veo a todos los carasucias de la vida mía,
los mismos con los que compartí mis juegos y aprendí
en el “colegio” , a querer y creer en nuestra patria.
Ya
no todo es igual, faltan muchos, quedamos menos y
sin darnos cuenta se extinguió el tiempo en que los
jardines alegraban el paso lento de los vecinos y
desde las ventanas se colaban las voces que nos regalaba
la radio.
Cuantas
esperanzas, sinsabores y alegrías absorbieron los
plátanos descascarados. Cuantos pelotazos rebotaron
en sus troncos y cuantos nombres quedaron grabados
en ellos.
Los
árboles hoy continúan brindando la sombra de siempre,
sólo nosotros transitamos cada vez más lentamente
las veredas de esa calle colmada de hechizo...
José
Pedro Aresi