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Hoy sin quererlo, de puro curda no más,
te encontré .... mi vieja y amada calesita.
No eras “La Calesita” de Mores y Cátulo
Castillo. Tu no llorabas, ni estabas plantada
en una “esquina sombría”, pero en el recuerdo
ambas se confundían.
Había matado penas en alcohol y salí a
caminar sin rumbo fijo, hasta que pude ver
que junto al viejo molino, estabas vos.
y entonces por un rato fue “cuando a
tu lado, tirado, tuve mi corazón”.
Me detuve a conversar con vo, “vieja amiga”
y recostado en el poste de la sortija, te
envolví en una mirada que encerraba ensueños
de tiempo. Eras vos, la misma, la de antes,
la que en mi barrio iluminó la esquina y
desde purrete me regaló tangos.
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¿Te acordás algunos nombres? - Yo sí.
No los olvido. Los tocaba “De Angelis”
“Marioneta”, “Como se muere de amor”,
“Bajo el cono azul”, “Mi novia de ayer”,
“Cero al as”, “Parece un cuento”. “El
vals de la noche buena”, “Altar sin
luz”, “Así es ninón”, |
“Remolino”, “Jirón porteño”, “Rosicler”
...... ¿Viste calesita. Viste que me acuerdo?.
Eran discos que desempaquetaban las voces
de Floral, Dante y Martel.
Por eso, solamente por eso, “Sigue llorando
el tango y en la esquinita palpita, con
su dolor de fango la calesita...”
De sotamanga embroqué tu bocha de madera
lustrada, con sabor y forma de pera. Hoy
el viento y el vino, hacen que la escuche
contarme cada una de las veces que me negó
su sortija. Me habla de celos, de aquellas
pibas del barrio y de su dolor de sentirse
siempre manoseada, con el único fin de robarle
su joya de acero. Quise acariciarla pero
ella me cortó el rostro murmurando un: -
¡ Ya es tarde ! .
Sentí un sudor frío en mis manos, que pronto
buscaron abrigo en los bolsillos de la campera
de cuero. Quise besarla, pero prontamente
se defendió, tal como antes, ayudada por
la mágica prestidigitación de un ser inexistente.
Rápida como siempre, se soltó de las cadenas
que la sujetaban y rodó por el pasto húmedo,
perfumado. La alcé entre mis brazos, levanté
la lona que cubría la calesita y la dejé
durmiendo en el asiento del cisne de lata
plateada; que me miró de reojo sin decir
palabra, en tanto también yo, acaricié su
cabeza en silencio.
Más atrás, una yunta de corceles me guiñaron
un ojo y me saludaron. - “Vos otra vez por
acá” dijo uno de ellos y el otro agregó
sarcásticamente: - “Nosotros sabíamos que
volverías cuando el cansancio de la vida
invadiera ya no tu cuerpo, sino tu alma”
; a lo cual repliqué: – “Así que ahora la
van de filósofos. Pensar que cuando los
conocí, parecían solamente “machietas” trasladadas
desde el escenario de un teatro lírico de
segunda” y ya en franco arrebato de una
venganza que sonaba a pena, me paré bien
junto a ellos; los miré desde arriba y les
espeté un crudo y mentiroso: - “ Siempre
los vi como unos caballos de establo real,
venidos a menos”. Mis palabras laceraron
sus estribos y a un mismo tiempo, ambos
cerraron los ojos para continuar durmiendo
su sueño de madera.

El pequeño auto pintado de azul, con capó
amarillo, sonrió al verme y quizás por llevarle
la contra a los caballos, encaró el reencuentro
de manera distinta.
- “¡Hola campeón!” me gritó y enseguida
agregó - “Todavía recuerdo las carreras
que ganamos juntos, cuando vos te sentías
Fangio y yo una veloz Maserati”.
Fue
entonces que sentí distinto el efecto del
vino y trastabillé, pero pronto me rehice
y con aire canchero y sobrador, pero sufriendo
por dentro los años, le respondí: - “¿Te
acordás? . Eran carreras que duraban lo
que tardaba en apagarse un tango apresurado.
¡Cuantos finales festejé, parado en tu asiento
y con las manos en alto, triunfos de papel,
que luego nunca pude repetir en mi vida,
porque como ya nos lo contara “Marvil”:
“La vida me engañó, la vida me mintió,
al ofrecerme un mundo color rosa. Iluso
la soñé, temblando la esperé, haciéndome
la vida más hermosa. La dicha me sonrió
y ciego la seguí, pero ella se burlaba de
mi corazón. La dicha nunca vino hasta mi
olvido, la vida me ha mentido, la vida me
engañó”.
¡Autito mío!. Con la sinceridad de una
íntima borrachera puedo hoy confesarte que
yo me refugiaba en vos, sólo cuando ya no
podía sacar la sortija y me sentía vencido
por el “otro” que la sacó primero o por
Don Luis que afanoso por laburarse a la
vieja, se la “entregaba” dócilmente a la
nena de trencitas rubias.

Entonces, el auto de lata y madera me respondió:
- “Lo sabía”. – “A mí nunca me engañaron.
Siempre supe que para ustedes yo era el
refugio después del fracaso. Pero no me
importaba ; lo mismo me sentía feliz con
sus gritos, con sus saltos y con las caricias
que recibía mi volante al tomar contacto
con sus manos de muchachos puros y buenos”.
Y luego agregó: “No olvides que ustedes
sólo eran un episodio en mi vida diaria.
Yo también disfrutaba con los niños más
pequeños que me elegían para dar la vuelta,
cuando aferrados al volante, lo sacudían
como queriendo partirlo, haciendo brotar
de sus gargantas un inocente “bbbrrruuuu....”.
“Ellos no pensaban ni deseaban la sortija,
solamente querían ser parte del sagrado
bullicio de la calesita”.
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Antes de seguir mi camino, lo acaricié
y le palmeé el capó, a la vez que susurré
un - “Hasta otro día, amigo”. Él me respondió
con un nostálgico: – “Adiós” .
El bote y el avión me miraron extrañados
cuando me acerqué a ellos. ¿“Que sucede
que ahora te fijás en nosotros”? , dijo
el aeroplano, en tanto el agitado aire de
mi respiración movía su hélice. Lo miré
y no respondí. Sólo atiné a pensar para
mis adentros: “Este guacho tiene razón”.
No quise explicarle en ese momento el
porque de aquella lejana indiferencia hacía
ellos. ¿Cómo podíamos nosotros en ese entonces,
machos en ciernes, acercarnos a esos artefactos
pacíficos y sin gracia, que siempre eran
ocupados por bebes acompañados por madres,
tías o abuelas. Con todo, algunas veces,
cuando al bebe lo acompañaba la hermanita
mayor, recuerdo que yo me acercaba y aferrado
al barrote más cercano, luchaba con Don
Luis para ganar la sortija y de pasó hacerme
ver, no precisamente del bebé. Por eso,
no quise seguir de largo sin antes volver
a acariciarlos con mis manos, las que ya
no estaban húmedas; ahora solamente temblaban.
Descendí tambaleando de la plataforma de
madera. Bajé, no recuerdo como, la lona
y todas esas cosas bellas quedaron a oscuras,
también mi mente.
Quise apurar el paso para alejarme cuanto
antes, pero esta vez no fue la “resaca”,
sino las sombras del tiempo las que me lo
impidieron.
Lentamente fui dejando atrás la vieja calesita
y cuando estaba llegando al extremo del
parque, las notas de un tango invadieron
el ambiente.
Llora la calesita
de la esquinita sombría,
y hace sangrar las cosas
que fueron rosas un día.
Calesita y tango, mezcla porteña de sublimes
recuerdos, esos mismos que eternizan el
tiempo y hacen latir fuerte al de la zurda.
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José Pedro Aresi (2006).

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