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Me atrapa tu sensual arrabal,
cuando en las noches serenas,
un fueye cuenta sus penas
junto al estrolado fanal.
La vieja calesita que existía,
la del caballito de madera,
que se fue tras el tranvía
que ya nunca volverá.
Yo Buenos Aires te siento
en un final bien burrero,
en el latigazo del viento
y en un gorrión altanero.
Yo te canto con torpeza
desde un boliche esquinero,
refugiado en la tristeza
de un gastado cenicero.
Yo te embroco mi ciudad,
desde un obelisco sin piolín,
entonando en soledad
los versos de Discepolín.
Buenos Aires, yo te gozo
desde que comencé a caminar
y no hay nada más hermoso,
que a ti poderte cantar.
José Pedro Aresi
Mayo 2006

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