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A la persona que ama al tango se la conoce
con el nombre de “tanguero” o bien con el
femenino de esa palabra, en el caso de ser
una diosa la que profesa su amor por nuestra
canción ciudadana. El tango reúne matices
líricos y compadres que hacen que sea un
placer bailarlo, cuando el hombre y la mujer
se funden en un mismo sentimiento. El “tanguero”
camina a ritmo de tango, dando pasos acompasados
que lo transportan según su propia manera
de sentir la danza. También es usual escucharlo
silbar mientras camina o tararear una letra
que le ganó el alma. Pero al “tanguero”
le suceden cosas y esas situaciones deben
ser necesariamente documentados. Es por
ello que yo quiero, dentro del límite de
la fantasía, contar la historia de un porteño,
tal cual él la hubiera relatado.
"Recorría desorientado las calles sin sueños
de una ciudad que parecía ser Buenos Aires,
pero no estaba situada en el borde de un
mar dulce, ni de una pampa que la urbe había
invadido sin piedad. La gente hablaba español,
pero también se oían voces lunfardas y la
poesía del tango surcaba el aire en música
y verso. No había mosquitos o al menos nos
los vi, ni me picaron. Tampoco existían
autos o colectivos que impregnaran la atmósfera
con el humo caliente y gris de sus escapes.
A lo lejos vi pasar un tranvía."
| "Tuve
la extraña sensación de deslizarme por
calles que se cruzaban sin semáforos,
de oír sonidos que me eran comunes;
en pocas palabras sentí la sensación
de estar, pero sin estar. En sus patios
florecían |
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glicinas y malvones, en tanto un jazmín
adormecía el tiempo con su intenso perfume.
Ladraba un perro sin estilo, parado sobre
un montículo de tierra apenas cubierta por
un pasto amarrete. Lloraba el cielo una
imperceptible garúa, en tanto encerrados
en la neblina de un boliche, algunos "Inmortales"
jugaban al truco, al tute y al mus; mientras
otros personajes - también reconocibles
- trataban de acertar un "chanta cuatro".
"En la escena que yo transitaba, se mezclaban
celebridades históricas con algunos más
recientes y todos unidos por un inconfundible
sello de eterna presencia, formaban un conjunto
de sombreros aludos, cabellos engominados,
barbas respetables y melenas despeinadas
por el viento de la nostalgia. En la mesa
de mármol de un café descansaba la pipa
que poco rato antes, un hombre flaco había
estrujado intentando extraer de ella, el
misterio que encierra el humo del rubio
tabaco al quemarse."
"Me detuve en una esquina a leer un anuncio
que decía: " Tú / que tímida y fatal
/ te arreglas el dolor / después de sollozar,
/ sabrás como te amé / un día al despertar
/ sin fe ni maquillaje" , en tanto
que en otro afiche que estaba pegado a su
lado podía leerse: " Recordando sus
amores / el pobre bacán lloró".
Comprendí entonces que el amor, cuando se
trunca, sume a los cuerpos que poco antes
se habían atraído magnéticamente, en la
desesperación que precede al llanto y también
entendí porque se humedecen los ojos cuando
al ser lo invade la congoja. Recordé pasajes
de historias repetidas en los versos de
los tangos. Simples secuencias que algunos
critican y por el contrario yo disfruto,
porque trasuntan vivencias que son comunes
al sentimiento de mi pueblo."
"Continué mi andar de peregrino y mientras
caminaba contando baldosas, vi un anuncio
pegado en una vieja pared enmohecida por
los años, que decía: "Luego la verdad,
/ que es refregarse con arena el paladar
/ y ahogarse sin poder gritar", lo
cual reafirmó mi sentir respecto de lo cruda
que es la realidad."


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"Un poco más allá, encontré a una humilde
mujer que vendía flores y a un canillita
que voceaba los diarios de la noche, resaltando
las noticias que más podían impactar a los
nocturnos transeúntes que pasaban saludándose
entre sí. Los jóvenes hacían ronda en las
esquinas, tratando de armar el programa
de esa noche y desde un café con mostrador
de estaño, se oían las notas finales de
un tango que evocaba la "pesadumbre
de barrios que han cambiado y amargura del
sueño que murió".
"Al pasar por debajo de una marquesina
iluminada, en cuyos costados podían leerse
nombres muy conocidos, me topé con un hombre
delgado que parecía llevar un pesado bulto
sobre su espalda. Miré atentamente por sobre
su hombro y vi que cargaba una bolsa que
decía "desencantos". Volví mis pasos con
la intención de correr hacía él y ayudarlo,
pero me detuve para no perturbarlo, pues
se había detenido y con un carbón en su
mano zurda, escribía afanoso una leyenda
sobre un muro revocado con yeso. Una vez
que el hombre terminó de escribir, siguió
su camino. Curioso, me acerqué a la pared
para poder leer lo que en ella había escrito.
Eran solamente dos versos que decían:
"Al mundo que me desprecia / porque
no aprendo a robar". Seguro de estar
en lo cierto grité: ¡Estoy en Buenos Aires!,
pero poco tiempo duró mi ilusión. Al escuchar
mi exclamación, un malevo de chambergo ladeado
y lengue al cuello, que estaba recostado
en un buzón esquinero, me respondió: - "No
señor, está equivocado. Esto solamente es
un paisaje celestial de un Buenos Aires
que fue". Al escuchar tal respuesta pensé:
¿Entonces yo, ya no soy yo ? , al tiempo
que recordé que ese día, al dejar mi departamento
dispuesto a cruzar la Avenida 9 de Julio,
olvidé tomar mi bastón blanco."
José Pedro Aresi
marzo del 2006

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