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Fecha de última
actualización
17 Octubre, 2007 9:41 AM
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Panchito
Por José Pedro Aresi

En la década de “los cuarenta” , Miguel Gijena compró el fondo de comercio de la casa de música “RE FA SI”, ubicada en la calle Talcahuano casi esquina Corrientes. En el inventario efectuado al momento de tomar posesión del negocio, figuraba un bandoneón que no fue valuado pues según los vendedores, no funcionaba. Es decir, “ el fueye iba como yapa”.

Frente a los problemas propios de un nuevo emprendimiento, Miguel no le dio importancia al suceso. Pasado un tiempo, estando ya más tranquilo y con mayor tiempo disponible, decidió llamar a un profesional amigo para que revisara el bandoneón y lo intentara arreglar. El diagnóstico del técnico fue curioso: - “El instrumento no tiene ningún desperfecto, pero evidentemente no suena. Para mi es como si se negara a “funcionar”. Tal respuesta hizo reír a Miguel, pues le resultaba extraño que ello sucediera.

Resignado y por tratarse de un “Doble A” legítimo, decidió utilizarlo como adorno, exhibiéndolo en la vidriera para llamar la atención de los transeúntes. Risueñamente el bandoneón fue apodado por los empleados, “Panchito”. Muchos fueron los músicos que entraron al negocio interesados en comprarlo, pero todos salieron decepcionados al enterarse que el instrumento no funcionaba.

Pasó el tiempo y una noche Miguel se quedó en el centro para ir al cine con un amigo. Finalizada la función, fueron a tomar un café precisamente en el bar que estaba enfrente de su negocio y se sentaron en una mesa desde donde se veía perfectamente la vidriera de “RE FA SI” , que como siempre, estaba muy bien iluminada.

Desde esa posición Miguel notó algo extraño en el escaparate. Para averiguar que sucedía, cruzó la calle y se detuvo a contemplar detenidamente la vidriera. Grande fue su sorpresa al notar que “Panchito” no estaba en ella y su lugar – vecino al de la guitarra – se encontraba vacío. En ese momento sólo se le ocurrió pensar en que algún empleado lo había sacado para limpiarlo y olvidó luego ponerlo en su sitio.

Al día siguiente al llegar al negocio y ver el bandoneón en la vidriera, comentó con el encargado lo sucedido la noche anterior y le preguntó si sabía de alguien que hubiera retirado en la víspera a Panchito de su lugar, a lo cual su empleado le respondió que nadie lo había tocado y que cuando él abrió el local, el bandoneón estaba en la vidriera.

La sorpresa de Miguel fue total. No podía entender lo sucedido. Se quedó pensativo, urdiendo un plan que le permitiera develar


el misterio que tenía ante sí. Esa noche no volvió a su casa. Se quedó en el centro haciendo tiempo y cerca de las diez de la noche entró al bar de enfrente.

Pidió un “sándwich” de jamón crudo en pan francés sin miga y un vaso de vino moscato para acompañarlo; en tanto observaba permanentemente la vidriera de su negocio esperando que algo sucediera.

Luego del “sándwich” ordenó una milanesa cortada y otro vaso de vino y más tarde, para matizar la espera , un flan con dulce de leche y un tercer vasito de moscato. Al rato percibió un movimiento extraño en la vidriera y notó que “Panchito” se movía. Vio como el bandoneón abandonaba su lugar y que por arte de magia, se colaba a través del cristal hasta recalar en la vereda; desde donde se deslizó como una oruga rumbo hacia quien sabe donde.

 

 

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Miguel estaba atónito, no entendía nada de cuanto sucedía. Abandonó la silla del bar y corrió hacia la calle para seguir los pasos de “Panchito”. Grande fue su sorpresa cuando lo vio doblar la esquina y entrar en el “TIBIDABO”, suntuosa “sala de baile” donde actuaba la orquesta típica de “Pichuco”.

Miguel estaba como enloquecido. Ingresó al cabaret y observó que su Doble A , aprovechando el momento de descanso de los músicos, desplazaba a otro bandoneón y ocupaba su lugar, mimetizándose en un todo con el excluido.

Cuando regresaron los músicos, Miguel se percató que el pícaro de “Panchito” había elegido reemplazar justamente al “fueye” del director de la orquesta, seguro de poder así experimentar la particular sensación de sentirse mimado por el magnetismo que irradiaban los dedos de un “dogor” divino llamado Troilo.

Apabullado por todo cuanto estaba viviendo, Miguel decidió tomarse un respiro. Se acercó a la barra, pidió un whisky con hielo y en tanto lo saboreaba, fijó la vista en su bandoneón, el cual parecía decirle con su sonrisa amplia de payaso triste: - “ Ya lo ves hermano, la vida como el tango, hay que saberla bailar”.

Finalizada la actuación de la orquesta, el Doble A pegó la vuelta y regresó a la vidriera de donde había salido. Miguel lo siguió a la distancia y una vez cerca del escaparate le pareció escuchar el reproche que la guitarra le hacía a “Panchito”, por lo sola que él la dejaba todas las noches.

En la mesa del bar quedó un flan a medio comer, un vaso vacío y una cuenta impaga.


José Pedro Aresi

Diciembre de 2005

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CARLOS GARDEL - TIENDA DE NOTICIAS - EL COFRE - FORO DE TANGO