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En la década de “los cuarenta” , Miguel
Gijena compró el fondo de comercio de la
casa de música “RE FA SI”, ubicada en la
calle Talcahuano casi esquina Corrientes.
En el inventario efectuado al momento de
tomar posesión del negocio, figuraba un
bandoneón que no fue valuado pues según
los vendedores, no funcionaba. Es decir,
“ el fueye iba como yapa”.
Frente a los problemas propios de un nuevo
emprendimiento, Miguel no le dio importancia
al suceso. Pasado un tiempo, estando ya
más tranquilo y con mayor tiempo disponible,
decidió llamar a un profesional amigo para
que revisara el bandoneón y lo intentara
arreglar. El diagnóstico del técnico fue
curioso: - “El instrumento no tiene ningún
desperfecto, pero evidentemente no suena.
Para mi es como si se negara a “funcionar”.
Tal respuesta hizo reír a Miguel, pues le
resultaba extraño que ello sucediera.
Resignado y por tratarse de un “Doble A”
legítimo, decidió utilizarlo como adorno,
exhibiéndolo en la vidriera para llamar
la atención de los transeúntes. Risueñamente
el bandoneón fue apodado por los empleados,
“Panchito”. Muchos fueron los músicos que
entraron al negocio interesados en comprarlo,
pero todos salieron decepcionados al enterarse
que el instrumento no funcionaba.
Pasó el tiempo y una noche Miguel se quedó
en el centro para ir al cine con un amigo.
Finalizada la función, fueron a tomar un
café precisamente en el bar que estaba enfrente
de su negocio y se sentaron en una mesa
desde donde se veía perfectamente la vidriera
de “RE FA SI” , que como siempre, estaba
muy bien iluminada.

Desde esa posición Miguel notó algo extraño
en el escaparate. Para averiguar que sucedía,
cruzó la calle y se detuvo a contemplar
detenidamente la vidriera. Grande fue su
sorpresa al notar que “Panchito” no estaba
en ella y su lugar – vecino al de la guitarra
– se encontraba vacío. En ese momento sólo
se le ocurrió pensar en que algún empleado
lo había sacado para limpiarlo y olvidó
luego ponerlo en su sitio.
Al día siguiente al llegar al negocio y
ver el bandoneón en la vidriera, comentó
con el encargado lo sucedido la noche anterior
y le preguntó si sabía de alguien que hubiera
retirado en la víspera a Panchito de su
lugar, a lo cual su empleado le respondió
que nadie lo había tocado y que cuando él
abrió el local, el bandoneón estaba en la
vidriera.
La sorpresa de Miguel fue total. No podía
entender lo sucedido. Se quedó pensativo,
urdiendo un plan que le permitiera develar


el misterio que tenía ante sí. Esa noche
no volvió a su casa. Se quedó en el centro
haciendo tiempo y cerca de las diez de la
noche entró al bar de enfrente.
Pidió un “sándwich” de jamón crudo en pan
francés sin miga y un vaso de vino moscato
para acompañarlo; en tanto observaba permanentemente
la vidriera de su negocio esperando que
algo sucediera.
Luego del “sándwich” ordenó una milanesa
cortada y otro vaso de vino y más tarde,
para matizar la espera , un flan con dulce
de leche y un tercer vasito de moscato.
Al rato percibió un movimiento extraño en
la vidriera y notó que “Panchito” se movía.
Vio como el bandoneón abandonaba su lugar
y que por arte de magia, se colaba a través
del cristal hasta recalar en la vereda;
desde donde se deslizó como una oruga rumbo
hacia quien sabe donde.
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Miguel estaba atónito, no entendía nada
de cuanto sucedía. Abandonó la silla del
bar y corrió hacia la calle para seguir
los pasos de “Panchito”. Grande fue su sorpresa
cuando lo vio doblar la esquina y entrar
en el “TIBIDABO”, suntuosa “sala de baile”
donde actuaba la orquesta típica de “Pichuco”.
Miguel estaba como enloquecido. Ingresó
al cabaret y observó que su Doble A , aprovechando
el momento de descanso de los músicos, desplazaba
a otro bandoneón y ocupaba su lugar, mimetizándose
en un todo con el excluido.
Cuando regresaron los músicos, Miguel se
percató que el pícaro de “Panchito” había
elegido reemplazar justamente al “fueye”
del director de la orquesta, seguro de poder
así experimentar la particular sensación
de sentirse mimado por el magnetismo que
irradiaban los dedos de un “dogor” divino
llamado Troilo.
Apabullado por todo cuanto estaba viviendo,
Miguel decidió tomarse un respiro. Se acercó
a la barra, pidió un whisky con hielo y
en tanto lo saboreaba, fijó la vista en
su bandoneón, el cual parecía decirle con
su sonrisa amplia de payaso triste: - “
Ya lo ves hermano, la vida como el tango,
hay que saberla bailar”.
Finalizada la actuación de la orquesta,
el Doble A pegó la vuelta y regresó a la
vidriera de donde había salido. Miguel lo
siguió a la distancia y una vez cerca del
escaparate le pareció escuchar el reproche
que la guitarra le hacía a “Panchito”, por
lo sola que él la dejaba todas las noches.
En la mesa del bar quedó un flan a medio
comer, un vaso vacío y una cuenta impaga.

José Pedro Aresi
Diciembre de 2005
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