|
La bautizaron en una oficina municipal,
cuando el siglo XIX se preparaba para entrar
en el pasado. Fue un renglón más de una
fría disposición administrativa para designar
una de las tantas calles que se abrían para
ese entonces en Buenos Aires, siguiendo
el designio del progreso. La Gran Aldea
crecía entre los sueños de los inmigrantes
y el desdén de los criollos. La ciudad se
adentraba en zonas vírgenes, pobladas por
el verde de los campos y el azul de un cielo
inerme.
Un frío día de agosto yo llegué a ella
y desde ese momento, creció en mí un sentimiento
de amor platónico. Un sentir que se confunde
con el polvo del recuerdo y brota humedecido
por la garúa gris del tiempo. Fue mi calle
y aún lo sigue siendo en el rincón de la
nostalgia.
Alvariño – como se escribía cuando la conocí
- o Albariño como figura hoy en el catastro
de la ciudad, es hoy el límite geográfico
entre Villa Luro y Liniers. Poco importa
si se escribe con “b” o con “v”, lo único
válido es que por siempre será la calle
de la sombra, la de plátanos que apenas
dejan ver el cielo, la que guarda el suave
sabor del rocío mañanero y encierra la fragancia
de frescos anocheceres.
Los cambios operados con el tiempo, conformaron
a su alrededor la vida misma de un sector
del barrio, precisamente aquel que fue el
mío. Los recuerdos brotan lentamente y tras
la melancolía y la alegría, aparece el paisaje
de ese primer tramo de Alvariño; que comienza
en Rivadavia y se prolonga hasta Ramón L.
Falcón.
En la vereda que corresponde a Liniers,
estaba el edificio de la comisaria 44 ,
con su aspecto de antigua fortaleza. Un
poco más allá, la casilla de los “boy scouts”
y el cuartel del cuerpo de bomberos completaban
la cuadra. Enfrente, del lado de Villa Luro,
la cancha de “Dupuy”, que luego cedió paso
a la plaza “Ejército de los Andes”. La plaza,
“mi placita”, la que por muchos años fue
testigo de la celebración de nuestras “Fechas
Patrias”, que se llevaban a cabo precisamente
sobre la calle Alvariño, frente a la comisaría.
La fiesta comenzaba temprano con el “disparo
de bombas”, el izar de la bandera , el acto
en la escuela, donde “solemnemente” cantábamos
el Himno Nacional y el chocolate en la sede
policial. Después,

La calle Albariño hoy.
carreras de bicicletas, de embolsados,
el palo enjabonado, el juego de la piñata
y las tradicionales carreras de sortija,
donde los jinetes de “Battilana” mostraban
su habilidad, vestidos con pilchas gauchas
y .montados en briosos pingos engalanados
a la mejor usanza sureña.
Más tarde – ya entrada la noche – el “furgón”
de la Municipalidad aportaba el cine ambulante,
con algunos noticieros y los infaltables
viejos cortos de “el Gordo y el Flaco” y
del sublime “Chaplín”. Para finalizar, la
infaltable quema de fuegos artificiales.
Al andar unas cuadras hacía el sur, se
llega a ese “¿Alvariño y que?” donde yo
viví la dicha que arrulló mi infancia, recorriendo
veredas hechas con baldosas “barrita de
chocolate”, saltando cordones rumbo a la
escuela o tras una “pelota de veinte”; el
rango y mida, el juego de la biyarda o el
andar en monopatín con rulemanes sobre el
asfalto gris.
|
Hoy al pasar por “la calle de las sombras”,
cierro los ojos y veo a todos los carasucias
de la vida mía, los mismos con los que compartí
mis juegos y aprendí en el “colegio” , a
querer y creer en nuestra patria. Ya no
todo es igual, faltan muchos, quedamos menos
y sin darnos cuenta se extinguió el tiempo
en que los jardines alegraban el paso lento
de los vecinos y desde las ventanas se colaban
las voces que nos regalaba la radio.
Cuantas esperanzas, sinsabores y alegrías
absorbieron los plátanos descascarados.
Cuantos pelotazos rebotaron en sus troncos
y cuantos nombres quedaron grabados en ellos.
Los árboles hoy continúan brindando la sombra
de siempre, sólo nosotros transitamos cada
vez más lentamente las veredas de esa calle
colmada de hechizo.

José Pedro Aresi
Diciembre de 2005
<<VOLVER
|