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Fecha de última
actualización
17 Octubre, 2007 9:41 AM
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Estampa de Ayer, La calle de la sombra
Por José Pedro Aresi

La bautizaron en una oficina municipal, cuando el siglo XIX se preparaba para entrar en el pasado. Fue un renglón más de una fría disposición administrativa para designar una de las tantas calles que se abrían para ese entonces en Buenos Aires, siguiendo el designio del progreso. La Gran Aldea crecía entre los sueños de los inmigrantes y el desdén de los criollos. La ciudad se adentraba en zonas vírgenes, pobladas por el verde de los campos y el azul de un cielo inerme.

Un frío día de agosto yo llegué a ella y desde ese momento, creció en mí un sentimiento de amor platónico. Un sentir que se confunde con el polvo del recuerdo y brota humedecido por la garúa gris del tiempo. Fue mi calle y aún lo sigue siendo en el rincón de la nostalgia.

Alvariño – como se escribía cuando la conocí - o Albariño como figura hoy en el catastro de la ciudad, es hoy el límite geográfico entre Villa Luro y Liniers. Poco importa si se escribe con “b” o con “v”, lo único válido es que por siempre será la calle de la sombra, la de plátanos que apenas dejan ver el cielo, la que guarda el suave sabor del rocío mañanero y encierra la fragancia de frescos anocheceres.

Los cambios operados con el tiempo, conformaron a su alrededor la vida misma de un sector del barrio, precisamente aquel que fue el mío. Los recuerdos brotan lentamente y tras la melancolía y la alegría, aparece el paisaje de ese primer tramo de Alvariño; que comienza en Rivadavia y se prolonga hasta Ramón L. Falcón.

En la vereda que corresponde a Liniers, estaba el edificio de la comisaria 44 , con su aspecto de antigua fortaleza. Un poco más allá, la casilla de los “boy scouts” y el cuartel del cuerpo de bomberos completaban la cuadra. Enfrente, del lado de Villa Luro, la cancha de “Dupuy”, que luego cedió paso a la plaza “Ejército de los Andes”. La plaza, “mi placita”, la que por muchos años fue testigo de la celebración de nuestras “Fechas Patrias”, que se llevaban a cabo precisamente sobre la calle Alvariño, frente a la comisaría. La fiesta comenzaba temprano con el “disparo de bombas”, el izar de la bandera , el acto en la escuela, donde “solemnemente” cantábamos el Himno Nacional y el chocolate en la sede policial. Después,



La calle Albariño hoy.

carreras de bicicletas, de embolsados, el palo enjabonado, el juego de la piñata y las tradicionales carreras de sortija, donde los jinetes de “Battilana” mostraban su habilidad, vestidos con pilchas gauchas y .montados en briosos pingos engalanados a la mejor usanza sureña.

Más tarde – ya entrada la noche – el “furgón” de la Municipalidad aportaba el cine ambulante, con algunos noticieros y los infaltables viejos cortos de “el Gordo y el Flaco” y del sublime “Chaplín”. Para finalizar, la infaltable quema de fuegos artificiales.

Al andar unas cuadras hacía el sur, se llega a ese “¿Alvariño y que?” donde yo viví la dicha que arrulló mi infancia, recorriendo veredas hechas con baldosas “barrita de chocolate”, saltando cordones rumbo a la escuela o tras una “pelota de veinte”; el rango y mida, el juego de la biyarda o el andar en monopatín con rulemanes sobre el asfalto gris.

 

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Hoy al pasar por “la calle de las sombras”, cierro los ojos y veo a todos los carasucias de la vida mía, los mismos con los que compartí mis juegos y aprendí en el “colegio” , a querer y creer en nuestra patria. Ya no todo es igual, faltan muchos, quedamos menos y sin darnos cuenta se extinguió el tiempo en que los jardines alegraban el paso lento de los vecinos y desde las ventanas se colaban las voces que nos regalaba la radio.

Cuantas esperanzas, sinsabores y alegrías absorbieron los plátanos descascarados. Cuantos pelotazos rebotaron en sus troncos y cuantos nombres quedaron grabados en ellos. Los árboles hoy continúan brindando la sombra de siempre, sólo nosotros transitamos cada vez más lentamente las veredas de esa calle colmada de hechizo.


José Pedro Aresi

Diciembre de 2005

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