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Buenos Aires cuanto duele
saber que el tiempo ha pasado
y que al corazón sólo consuele,
recordarte con andar cansado.
Buenos Aires ya cerca del final
sufro por un ayer que no existe
y nada conforta mi pecado original
de pensar en aquel pasado feliz.
Esquinas de puchos olvidados,
calles con olor a jazmines,
suelos de malvones escarlatas,
árboles que lloran en otoño.
Mi casa, mi perro, los amigos,
aquellas, mis figuritas olvidadas
la bolita lechera y el monopatín.
¿Dónde están?
Comunión del pantalón largo,
el chusmear de las vecinas
y perdidos en la neblina,
unas trenzas de pebeta rubia.
El debut que llenó esa noche
con latidos de sentirse hombre,
apurar la primera afeitada
para entrar en el misterio del saber.
Vivir disfrutando cosas al pensar
que el tiempo nunca se acaba.
Carambolas que se duermen
en la tenue neblina del café.
Después, el destino que empuja
a bucear en el misterio,
de la milonga y el cabaret
junto a tangos quejumbrosos.
No puedo dejar de pensar
en los guapos de mis tiempos,
laburantes de cien honestos oficios,
descansando entre parras y glicinas.
Ya no gritan su pregón
los vendedores de antaño,
ni reluce el perdido estaño,
del bodegón de mi barrio.
Cuantas veces extraño,
al recorrer sus veredas,
aquél vivir soñando
de encontrarnos todos juntos.
Hoy a solas con un gorrión,
mascota que mi mano no toca;
él también se siente triste…
¡Ya no vuelan mariposas!
¡Como nos cambió el progreso!
José Pedro Aresi

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