Destacado
habitante del “Buenos Aires en camiseta” que reprodujera
magistralmente Alejandro del Prado (Calé) en las
páginas de la revista “Rico Tipo” , “El hincha”
es un personaje digno de ser considerado muy especialmente
y así lo entendió en su momento nuestro filósofo
de “las migas de media luna sobre el mármol helado”,
el querido y siempre recordado Enrique Santos
Discépolo, quien lo llevó al celuloide con genial
maestría. .
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Es sumamente
importante conocer antes de comenzar este
relato, que la palabra “hincha” no
es sinónimo de “barra brava”. El hincha
es noble, el “barra” no.
Según
el Diccionario de la Real Academia, HINCHA
quiere decir: “odio, enemistad” y sin embargo
en Argentina, Perú y Uruguay, lo usamos
para designar al “partidario apasionado
de un club deportivo”.
El tema pasa entonces por descifrar porqué
los habitantes de estos países han llegado
a transformar caprichosamente la palabra,
hasta el límite de emplearla en un sentido
totalmente opuesto al de su verdadera acepción.
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Pero
este aspecto, puramente semántico, nada tiene
que ver con el real sentimiento que alienta a
los “fanas” de un club, vulgarmente llamados “hinchas”.
Un verdadero “hincha” ama y muere por su
club, idolatra a su equipo, vive pendiente de
cuanto pueda sucederle a sus jugadores y respeta
hasta el infinito la “gloriosa camiseta".
Llega
temprano a la cancha, después de haber leído en
los diarios hasta el cansancio, la formación del
equipo y defendido en la mesa del café a cualquiera
de los jugadores que luzcan la gloriosa divisa
de sus amores, sin admitir el más mínimo cuestionamiento.
Para él, todo aquel que vista la “camiseta” merece
su respeto, su admiración y ciegamente, su confianza.
El
hincha ve el partido de frente, no de espaldas
y hace miles de “Poncios Pilatos” en su pañuelo,
para darle suerte al “cuadro” de sus sueños. Es
además el gran hacedor y creador de cábalas para
que la fortuna favorezca a sus jugadores y puedan
“rechazar” una difícil en su área o bien meterse
con pelota y todo, sin importar la forma, en el
arco contrario.
En
la noche anterior al partido sueña con todo aquello
que el desea que suceda. Si fuera por los resultados
que se “dan” en esos sueños, todos los equipos
serían campeones invictos.
Llegada
la hora de la verdad, si el partido termina con
un resultado favorable, se lo verá eufórico, blandiendo
el “trapo” y entregando el resto de voz que le
queda para despedir a sus jugadores y decirle
al vecino de tribuna, ¡son unos fenómenos, son!,
para enseguida pensar en el siguiente partido
y agregar: - “el domingo le rompemos el culo a
los bosteros, le rompemos”
Pero
no siempre se gana, también se pierde.
Es
entonces cuando la dimensión del hincha se agiganta
y el dolor y el cariño se mezclan en una sensación
difícil de explicar, pero muy fácil de sentir
por quienes verdaderamente aman a su club. En
este caso, el hincha se sienta en el “tablón”
que hasta hace un instante maltrataba con sus
saltos, pone la cabeza entre sus manos y la apoya
sobre dos rodillas sostenidas por piernas temblorosas.
Cuando su equipo pierde, el hincha no concibe
que el partido haya terminado. Sueña con que en
minutos proseguirá y que entonces..... el “Beto”
va a meter dos goles seguidos, uno de cabeza.
El
locutor de lo que un tiempo se llamó la “Voz del
estadio” y hoy no se ni como se llama y aún más,
desconozco si tiene nombre; ese señor de la voz
estridente que antes y después del partido le
rompió las bolas al “hincha” con noticias que
él ni escuchaba, se despide por los parlantes
hasta la próxima, al mismo tiempo que un “botón”
le dice que hay que rajarse. Es entonces cuando
el hincha toma conciencia que su equipo ha perdido,
que ya nada queda por hacer y que nadie puede
cambiar la historia.
Se
levanta con los ojos inyectados, mira al “cana”
que lo apura y por lo bajo, con mucho de bronca
y total convencimiento dice: “el domingo le rompemos
el culo a los bosteros, le rompemos!”
José
Pedro Aresi.
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