La
acción se desarrolla en Toulouse, Francia, pero
el aire que respiramos nos hermana en un familiar
abrazo fraterno.
Estamos
en la “Ville Rose”, situada en la región del “Midi–Pyrénneés”,
tierra de trovadores, músicos y compositores famosos.
Bajo su cielo pleno de estrellas nació el 11 de
diciembre de 1890 nuestro querido Carlos Gardel,
a quien las circunstancias alejaron de esas tierras
y lo amarraron a las calles de Buenos Aires.
Quien
podía pensar entonces que la voz de ese niño,
Charles Romualdo Gardes, llegaría con el
tiempo a constituirse “en patrimonio de la
humanidad” y sumarse al Registro de la Memoria
del Mundo como reconocimiento de la UNESCO, “al
cantor argentino nacido en Francia”.
No
es novedad decir que Gardel representó como nadie
al cantor popular y creó la manera de cómo cantar
e interpretar la letra de los tangos. Nada existía
antes de él. Carlos hizo escuela y marcó el camino
que luego siguieran otros con mayor o menor suceso.
No se discute que él fue el primero, el mejor
y el único.
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El accidente aéreo
de Medellín que tronchara su huella de éxitos,
fue un suceso impensado y fatídico que sacudió
los cimientos de varios pueblos que lo admiraban.
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Es
indiscutible que “el pueblo”, esa masa sudorosa
que alimenta esperanzas, crea sus ídolos y los
encumbra. Él eligió a Carlos para manifestarse
a su alrededor y desarrollar una cultura referida
a las cosas que le son propias y a las que no
se renuncia. Según las distintas características
de esas “gentes” , la materialización de esa realidad
llevó un tiempo circunstancialmente distinto,
ligado por supuesto a su idiosincrasia y a su
poder de reacción.
El
pueblo argentino en general y los porteños en
particular, decidieron “secuestrarlo” egoístamente.
Su reciente paso por el cine había reavivado el
valor, ya no solamente de su voz, si no también
de su figura, es decir de su “pinta”. Recordemos
aquellos versos de Celedonio Esteban Flores, que
dicen:
En
tu esquina rea, cualquier cacatúa
sueña con la pinta de Carlos Gardel.
Fue
así como millones de ciudadanos nos recluimos
en la mística de pretender mimetizarnos con él
en todo. Su habla, su caminar, su vestir y su
manera de cantar fueron prendas preciadas que
sus admiradores salimos a mostrar y disfrutar
en su homenaje.
Al
apoteótico recibimiento de sus restos en el año
1936, que desencadenó la primera muestra de locura
colectiva de adhesión incondicional al ídolo,
le siguió luego la constante de visitar su mausoleo
en el cementerio de la Chacarita y la propalación
de su foto en cualquier lugar visible del ámbito
público o del bulín privado.
Por
muchos años Buenos Aires lloró su ausencia y aún
hoy lo mima y lo recuerda con el simple recurso
de escuchar su voz.
Por
supuesto el fervor puesto de manifiesto a la muerte
de Carlos Gardel no fue igual en todos los lugares.
Razones había para ello y sería largo explicar
cada una de ellas.
Carlos
Gardel había triunfado en Europa, grandes ciudades
se rindieron a sus pies. París fue una de ella,
pero la actuación de Carlos en Francia, antes
de conocerse sus películas, estuvo preferentemente
enmarcada por escenarios concurridos por gente
de la noche y del gran mundo.
Lejos
estaba Toulouse de todo ello, encerrada en su
calma de ciudad provinciana, una “Villa Rosa”
amante del arte. Su gente se enteró por la prensa
de lo ocurrido a nuestro “Zorzal”, cuando el periódico
francés “L’ilustration” publicó, junto a una gran
foto del accidente, la noticia de la muerte de
quien el periodista que redactó el artículo denominó
como “el famoso Carlos Gardel, de origen francés”.
Comenzó
entonces la población tolosana a tener conocimiento
del coterráneo que emigró de niño y su reconocimiento
hacía él fue creciendo a medida que recibía mayor
información respecto de Gardel, ya sea por transmisión
oral o por la actitud de sus seguidores que visitaban
Toulouse deseosos de conocer y tocar los lugares
donde Carlos nació y pasó sus primeros dos años.
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Fue creciendo entonces
la admiración de los lugareños por el famoso
cantor nacido en su tierra y criado en un
lejano rincón del mundo llamado “el Abasto”.
Así es como
llegamos a los años muy recientes y podemos
comprobar que en Toulouse como en Buenos
Aires, “SER GARDEL, ES SER EL MEJOR”.
La sencillez popular dio una vez más validez
a esta simple frase y produjo el siguiente
acontecimiento.
Tomando como
causal o pretexto el sonido de las “tuneleras”
utilizadas para prolongar “le Métro” de
la ciudad, sus habitantes decidieron rendir
homenaje a los más famosos músicos y compositores
nacidos en la región “Midi-Pyrénées” , de
la cual Toulouse es la capital, dándole
su nombre a cada una de las cuatro máquinas.
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La
principal, la más grande e importante fue bautizada
con el nombre de Carlos Gardel, en tanto
las tres restantes fueron nominadas: Gabriel Fauré,
Déodat de Séverac y Xavier Darasse. Ante tal decisión,
el inmortal Henri de Tolouse – Lautrec se sintió
reconfortado en su retiro.
Si
bien lo que importa es destacar la gratitud de
un pueblo hacía sus hijos, es imprescindible destacar
el reconocimiento brindado al “Morocho del Abasto”,
mediante el simple hecho de reavivar aquello de
que “SER GARDEL, ES SER EL MEJOR”, pienso
que sería impropio finalizar la nota sin hacer
referencia a las características técnicas del
equipo de trabajo denominado Carlos Gardel.
Dicha
“tunelera” posee un diámetro de 7,75 metros, con
un cabezal donde se concentra una serie de barrenos
especiales que repartidos estratégicamente en
su frente, le permiten horadar el suelo, a un
promedio diario de 17 metros, trabajando a veinticinco
de profundidad.
A
este equipo le tocó trabajar en el tramo que va
desde “les Trois Cocus” (place Micoulaud) hasta
“Víctor Hugo”, cerca de la estación Jeanne d’Arc.,
es decir una distancia de 4,7 kilómetros.
Antes
de finalizar esta nota deseo hacer llegar mi especial
reconocimiento a los amigos franceses, Monique
Ruffié de Saint-Blancat y Georges Galopa, que
supieron atender todos mis requerimientos y me
ilustraron sobre las particularidades de la mencionada
“tunneller”
José
Pedro Aresi
Febrero 2007
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