INTRODUCCIÓN
Interesante trabajo escrito por el poeta José
Portogalo, cuyo nombre de familia era José Ananía.
Nació en Italia en 1904 y llegó a la Argentina
junto a su madre en busca del padre, emigrado
de la Calabria unos años antes. Pero la sorpresa
fue grande: el hombre había decidido mitigar su
soledad y tenía una nueva familia. La vida de
José – como la de Charles Gardes - fue dura hasta
que la madre conoció al señor Portogalo, vendedor
ambulante de pescado y formó con él un nuevo hogar.
Entonces el poeta tomó el apellido de su padrastro,
como una manera sincera de demostrar a la gente
quién era su verdadero padre y protector.
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Mayormente
contemporáneo de Carlos Gardel, José Portogalo
– un verdadero “señor” de las letras - ,
se mantuvo enrolado ideológicamente cerca
del grupo Boedo, compartiendo el fervor
de la militancia de Nicolás Olivari, Roberto
Arlt, Raúl González Tuñón y su hermano Enrique,
todos metidos hasta la médula en la realidad
que vivía el país y enfrentados con la literatura
“oficial” defensora del poder político de
la época; razón por lo cual nuestro personaje,
muchas veces debió buscar refugio en Montevideo.
Hasta llegar a ser
periodista de los principales medios gráficos
del país, Portagalo trabajó de muchas cosas:
lustrabotas, florista, vendedor ambulante,
pintor, albañil y hasta bailarín profesional
de tango.
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Conoció
a Carlos y dialogó con él en numerosas oportunidades,
lo cual acrecienta su aporte respecto a pormenores
de la vida de “El Morocho del Abasto” que José
conoció perfectamente.
A nuestro sector gardeliano, Portogalo nos fue
presentado por el amigo Ángel Yonadi que posee
la rara y oportuna capacidad de volcar lo que
a todos interesa, en el momento preciso.
Hoy
a pocas horas de cumplirse el 116 aniversario
de que doña Berta parió a Carlos Gardel, hemos
entendido que era justo e importante refrescar
y divulgar la nota que José Portogalo escribió
el 24 de junio de 1966,en homenaje a nuestro querido
e inolvidable “Zorzal”.
Es
de destacar que las vicisitudes vividas por el
poeta lo convierten en un testigo imparcial y
confiable, que mucho aportó para mejor comprender
la vida del ídolo máximo del Tango.
La
Dirección
Decía
entonces José Portogalo:
“No queremos encarar el remanido tópico anecdótico,
muchas veces abultado y carente de veracidad,
sino trazar sumariamente la historia de la infancia
de Carlos Gardel, el extraordinario cantor que
tanto interesa al mundo del tango en nuestros
días..
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Al cumplirse 31 años
de su trágica desaparición, se mantiene
aún vigente, fijo y formado el tono melódico
de la canción de Buenos Aires. Si examinamos
sin apasionamiento el itinerario de sus
primeros pasos, que son los que realiza
entre los 10 y 12 años de edad, tenemos
forzosamente que convenir que había llegado
a la vida señalado por el signo de los predestinados.
En esas primeras salidas, germinaba en su
intimidad, consciente o inconscientemente,
la
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semilla
que será más tarde una irrefrenable vocación.
Era un muchachito travieso, avispado y lúcido,
nacido en cuna pobre. Se desprendía de la vigilancia
ejercida por doña Berta Gardes, su madre, y desaparecía
imprevistamente del hogar. Ni las reprimendas,
ni los coscorrones que recibía al regresar al
hogar, lo deprimían; por el contrario, estimulaban
sus vívidas fantasías que operaban misteriosamente,
como una válvula de escape, sobre sus resortes
sicológicos.
Caminoteaba
por Corrientes angosta y se detenía horas y horas
mirando las carteleras de los teatros, atisbaba
subrepticiamente las vidrieras de los cafés y
sonreía cargando su picardía en los ojos. ¿Que
buscaba en ese repetido vagabundeo por la calle?.
Un día cualquiera, dio la espalda a la porteñísima
arteria céntrica y cruzó Centro América (hoy Pueyrredón);
de pronto, advirtió la mole del viejo y destartalado
Mercado de Abasto. ¿Que propósitos lo animaban?
¿Acaso intuía que sólo allí acariciaría las cinco
puntas de su estrella? Un recorrido por Anchorena
lo condujo a la esquina de Guardia Vieja, clave
del encuentro con su destino; despertaron su curiosidad
las típicas cantinas en la que se bebía el vino
tinto grueso, la ginebra, la grapa y la Hesperidina,
y enturbiadas por el humo de los cigarrillos “Vuelta
abajo" y "París".
Las
cantinas circundaban las cuatro manzanas rodeando
el establecimiento, en cuyo interior los puesteros
mayoristas llamaban a grito destemplado y ronco
a los fruteros, carniceros, paperos, verduleros
y polleros minoristas, que atracaban de culata
sus carros en los cordones de las calles a la
redonda.
Armándose
de coraje, el chiquilín mal entrazado entró al
mercado y echó una ojeada a sus recovecos. Vio
reses de vacas, vaquillonas, corderos, chivitos
y cerdos; verduras de todas las especies, fruta
de la estación y pollos y gallinas encerrados
en grandes jaulones de alambre, colocados uno
sobre otro...
Desde
su iniciación --tenía entonces 18 años, aproximadamente--,
se perfiló como un auténtico valor del cancionero
popular. Pero para llegar a hacerlo en plenitud,
debía explorar concienzudamente ciertos andurriales
situados fuera del perímetro ciudadano; debía
auscultar de cerca, sin tomar partido, los barrios,
los recreos, los boliches, las glorietas y los
comités, en los cuáles tallaban con maestría hasta
las primeras horas de la madrugada los payadores
de arrastre, esos ingeniosos repentistas consagrados
por un entusiasta público seguidor que no se perdía
la tenida de las bravías tonadas del contrapunto.
Figuraban entre los mejores el negro Gabino Ezeiza,
José Betinotti, Ambrosio Río, Curlando, Antonio
Caggiano, Bartolomé Aprile, Cazón, Arturo de Nava,
Martín Castro y Ramón Vieytes.
Para
hablar de Gardel, debemos incursionar por los
barrios y los locales que conoció en sus años
mozos; primero, el Mercado de Abasto, que le deparó
fieles amigos en las cantinas y los cafés del
contorno. Después de una ininterrumpida andanza,
se impregnaba de ambientes distintos y diferenciados
como islas; las calles eran los lindes de una
vereda a la otra vereda. Puente Alsina, famoso
por la variedad de "tipos" que llegaban hasta
la orilla lateral del mencionado puente, a una
veredita angosta, que corría unos metros debajo
del mismo, recibiendo una tufarada de mal olor
que provenía de las aguas sucias del Riachuelo.....
Del
otro lado del puente, Barracas al Sud (hoy Avellaneda),
funcionaba "La Buseca", un tenebroso fondín, donde
se jugaba al siete y medio, al billar, y en un
fondo cubierto había un reñidero; en torno al
ruedo los jugadores apostaban fuerte y se desgañitaban
animando a sus respectivos gallos favoritos; aquí
también se registraban escenas
| espeluznantes,
inconcebibles, entre compadritos de pañuelo
volcado, zapatillas bordadas y chamberguito
requintado; a veces, en un clima más apacible,
algunos payadores largaban el rollo de sus
improvisaciones en tono de jarana; de madrugada
solían caer cultores de la música porteña
para echarse al garguero la penúltina vuelta
de suissé o un aguardiente que pelaba hasta
la nuez. No debemos eludir Barracas al norte,
la calle Patricios con algunos veredones altos
y encrucijadas sospechosas; sus corralones
de amplios portones de madera o de hierro
pintados |
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de
color verde, bebederos y pesebres, limpitos como
una luna de verano, y chatas areneras, cuyo conductor,
con un clavel rojo en la oreja, el silbo de una
milonga que aireaba el ocaso y el chasquido de
un látigo que peinaba la grupa de un cadenero
perezoso.
No
debemos olvidar Palermo, con sus casas modestas
y sus tapias rosadas, honrado con la presencia
de Evaristo Carriego, el poeta enamorado de su
barrio y la gente humilde que lo habitaba....
Para
hablar de Gardel, tenemos que asomarnos a la orilla
del arroyo Maldonado, donde por un costado se
levantaba Villa Crespo y sus grandes conventillos,
en los que se mezclaban italianos, españoles,
judíos y argentinos en constante discordia; del
otro lado, se asentaba el peligroso caserío desparramado
de Chacarita, poblado de maleantes y "mecheras"
de vida equívoca que bailaban en los burdeles.
No debemos olvidarnos de San Telmo y Monserrat,
con bailes en los que los milongueros lustraban
el piso y garabateaban el canyengue; con pesados
de meta y ponga y los rítmicos tamboriles de los
endiablados negritos candomberos que recorrían
las calles. Tambien debemos evocar a San José
de Flores, con sus grandes quintas, la antigua
iglesia, la plaza tupida de árboles y en una esquina
la Confitería La Perla; entonces eran famosos
los Corsos de Flores, que se realizaban en la
calle Rivadavia. Debemos esbozar el dibujo del
Bajo Belgrano "studero" y el café "La Papa Grossa",
de Blandengues y Juramento, donde se reunían jockeys
de primera línea, capataces, " entraineurs", vareadores
y peoncitos que atendían los boxes. La Boca y
su pintoresquismo, sus casas de zinc, apoyadas
sobre altos troncos, los café-concert de Suárez
y Necochea y calles adyacentes; los concurrentes
eran servidos por obsequiosas camareras; en estos
locales, se instalaron en un palquito las orquestas
de Canaro, Arolas, Firpo y Greco, cuando el tango
era música prohibida en el asfalto...
CARLOS
GARDEL conocía al dedillo el barrio Once,
Almagro, San Cristóbal, el Mercado de Liniers,
Floresta y Saavedra, barriadas con características
distintas; pulsaba las calles Boedo, Caseros y
Triunvirato; Cabildo y la turbia esquina de Saénz
Peña y Roca, con su temible boliche " La Blanqueada",
en el que nunca faltaba un duelo criollo por cualquier
bagatela, de serenos cuchilleros avezados.
En
su cercanía, Nueva Pompeya comenzaba a poblarse.
En la Cortada de Carabelas, frente al viejo Mercado
del Plata, solía reunirse con artistas de pique
alto, fonderos cordiales, simpáticos atorrantes,
hábiles buscavidas, periodistas, pintores y trotacalles
con domicilio en la luna o cerca de los muelles;
Carlos de la Púa, el poeta de "La Crencha Engrasada"
y Celedonio Flores, el autor de "Mano a mano"
y otras de parejo valor. Carlos Gardel incorporó
a su sensibilidad las experiencias más inverosímiles.
Calles con ángeles de cara sucia; jornaleros,
del andamio y del empedrado; cigarreras, bordadoras,
pantaloneras, oficinistas de fábrica, aparadoras,
lavanderas y planchadoras. Este enjambre de laboriosos
trabajadores enriqueció sus dotes de intérprete.
De ahí que su canto, punteado en gorjeo de zorzales,
llenó su voz con iridiscentes cascadas de rocío
mañanero. Fue el primero y único creador de la
canción rioplatense que aún perdura como el resplandor
de un astro inextinguible. Aquí está ahora con
su amplia sonrisa amistosa y el sombrero volcado
sobre su sien derecha.”
José
Portogalo
Trabajo
originalmente publicado en “BUENOS AIRES” – Tiempo
Gardel - Ediciones El Mate - Buenos Aires – Año
1966..
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