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Yo supe de la existencia
de Carlos Gardel, cuando sucedió el trágico accidente
de Medellín. Desde ese momento Carlos dejó de
ser un extraño para mis incumplidos cinco años.
Parece cuento, pero no lo es.
Dos años más tarde,
en el verano de 1937, comencé a tomar contacto
con su cautivante voz, en la casa que mi viejo
alquilaba en la calle Santiago de las Carreras
85 del antiguo barrio de Floresta, hoy Vélez Sársfield.
Don Amable Segundo
Gómez que era el dueño de la casa donde yo vivía
y además un “tipazo de aquellos”, volvía de trabajar
los días sábados y luego de almorzar, se "tiraba"
en la mecedora, en tanto me pedía que le pasara
en la "vitrola" a manija, discos de su colección
de Gardel.
Así poco a poco, fui
conociendo casi todo el repertorio de el “Troesma”,
si bien desde un comienzo mi tango preferido fue
"Silencio" de Gardel, Horacio Petorossi y Alfredo
Le Pera, el cual invariablemente "iba” todos los
sábados.
Pese
a mi corta edad, la voz de Carlos entonando esa
letra de profundo sentido dramático, me cautivó
y de ahí en más nunca abandoné a nuestro Zorzal,
al que gocé luego con el tango de Discépolo "Chorra",
para anclar finalmente en "Mi Buenos Aires querido"
y “Volver”.
Con el
tiempo comprendí el porque del sentimiento que
Gardel volcaba en “Silencio” y entendí el porque
de este tango y el de “Mi Buenos Aires querido”;
obras con las que el Morocho del Abasto – hombre
como pocos – quiso sintetizar su afecto a dos
suelos que marcaron su existencia. No obstante
ello, en el actual aislamiento de conceptos probados,
las sombras perversas mueven sus bordes a través
de un polo intermediático que contiene irrisoria
capacidad de daño.
Modesto
recuerdo el mío, transformado en natural nostalgia
que no es otra cosa que tristeza exterior y viva
alegría interior.
¡Salute
la barra!
Mayo del 2006
por José Pedro Aresi
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